Homilía
4º domingo de Cuaresma
30 de marzo de 2014



Vistas y sonidos

¿Preferirías ser sordo o ciego? He escuchado la pregunta varias veces; más duele cuando está en la boca de niños ciegos o sordos que uno quiere. Hay que contestarles con sinceridad: ni sordo ni ciego. La pregunta, aunque trate de un problema físico, más concierne la independencia y la libertad.

Dorinda Samaniego era una de estos niños. Tenía seis años cuando su abuela decidió que la oscuridad exterior no tenía porque opacar sus luces interiores. Sus ojos parecieron claros, pero no veían. A la vez que estos niños estudiaban en los colegios del barrio y asistían en clases dadas por el Instituto Panameño de Habilidad Especial, ellos vivían en hogares sustitutos de la comunidad. Dorinda fue alumna excelente. En seis meses, ella manejaba el sistema de Braile y sacaba buenas notas en las materias normales; a la vez, ella aprendía poco a poco las mañas importantes para que la persona invidente pudiera sobrevivir en una sociedad de videntes.

Dori ahora va terminando sus estudios universitarios y es locutora para un programa de música folklórica panameña. Para nosotros que la queríamos ayudar, Dorinda fue maestra. Ella, con los otros niños y niñas de algún modo impedidos, nos mostraron lo que ellos por necesidad tenían que aprender: cómo defenderse en contra de los que querían siempre hacer de ellos sus dependientes.

Daba placer ver a Dorinda aprender y dolía verla enojarse cuando otros la querían controlar. Sufrí con otros sus respuestas cáusticas a nuestros intentos más tontos de ayudarle.

Ella insistía en compartir las tareas del hogar sustituto. Ella barría toda la casa, quitándose las chancletas para sentir bien el polvo del piso, y la dejaba toda nítida y pulida.  Su rincón de la casa fue siempre arreglado y su ropa ordenada según la capacidad investigadora de sus dedos y los colores o gustos que ella prefería. Adelina, su madre sustituta, le había enseñado organizar y adornarse para el mejor efecto posible en los demás - colores con colores y si la blusa le quedaba o la falda fue muy larga o muy corta. A los quince años, ya manejaba las atenciones de varios muchachos amigos y uno de ellos, excelente músico, le compuso un canto que llegó a ser muy popular. Fabio, el esposo de Adelina, la llevaba al colegio, pero ella tenía ganas de ir sola e independiente.

Dori seguía creciendo con una visión de la vida que hace falta para muchos de nosotros que insistimos en que vemos. Tenía el carácter fuerte de la abuela y aprendía aprovecharlo por medio de conversaciones con Adelina. Ella logró organizar, no sólo a los compañeros invidentes, sino también al grupo de los niños sordos para protestar la falta de atención de los administradores del IPHE, el Instituto de Habilitación Especial. A estos se les había olvidado sacar el tiempo para enseñar a los jóvenes el uso del bastón para ciegos y, sin el bastón, era imposible para ellos mobilizarse solos.  Los jóvenes, con Dorinda como la chispa, se enojaron; ella los jun-taba, hablándoles sobre las fallas de las autoridades tan necias. Al fin, los jóvenes tumbaron a varios y lograron una reorganización del despacho de la institución.

Era su lucha para ganar la independencia. Los jóvenes habían aprendido a ver y oír, no físicamente, sino con su inteligencia y corazón. Ellos querían una vida, no a medias, sino ple-na. Querían ser gente creadora y libre, organizadora y responsable. Ellos rechazaron siempre las manos de otros que los querían apoyar sin necesidad. Desearon abrir caminos propios y, en el caso de los sordos, buscaron establecer medios propios de comunicación por su vista y por señas. La libertad de mover-se o comunicarse es fácil y común para nosotros que vemos y oímos; pero esta facilidad común es capaz también de quitarnos una sensibilidad a las consecuencias serias de estos dones. ¿Sabemos o no que estos regalos se dan para nuestra liberación?

El ciego de la historia evangélica de este domingo enseñó a los demás la necesidad de enfocar la vista. El reconoció, cuando otros no podían, la claridad con que Jesús veía la sociedad y la hipocresía de ella, la importancia de la verdad crítica, de la decisión cortante y la libertad responsable. El habló y enseñó a todos los que se habían equivocado por pensar que sí, podían ver.

La vista de Cristo nos disipa la niebla de la circunstancia y el miedo. Siento la necesidad de ver como Cristo ve y, una vez lograda esa visión de él, quizás podré comprender las otras cosas que Dori nos quería enseñar. 


Donaldo Headley


Donaldo Headley se ordenó al sacerdocio en 1958. Se graduó con MA en filosofía y STL en teología de la Facultad Pontificia del Seminario de Santa María del Lago en Mundelein, Illinois.
Derechos de Autor © 2014, Donaldo Headley.
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Arte de Martin Erspamer, O.S.B.
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org/