En nuestra cultura es muy común experimentar todo
tipo de leyes y requisitos que nos guían y nos
conducen a una vida social justa y practica. Sin estas
leyes y mandatos, muchas veces, tendemos a ser lo que
nos da la gana sin consideración a los demás.
De igual manera, en nuestras vidas sociales y
familiares, cultivamos todo tipo de tradiciones y
expectativas. Es natural ver que cada grupo social y
cada familia tengan sus costumbres y manera de ser. Como
solían decir mis padres: en esta casa las cosas se hacen
de esta manera.
Sin pretender quitar lo bueno que es todo tipo y clase
de leyes y costumbres, tenemos también que reconocer que
la vida es más que una serie de requisitos legales y
prácticas tradicionales.
Las lecturas de hoy nos ayudan a ver con más claridad
esta intuición y convicción de que nuestras vidas con
otros incluyen más que ley—el amor.
De forma muy humana vemos como el rey David con todas
sus ambiciones y caprichos aun encuentra la misericordia
y el perdón de Dios. Un Dios que le ha dado no solo una
abundancia de bienes materiales, sino que también le da
la posibilidad del perdón.
Para nosotros, al oír toda la lista de faltas y pecados
que pertenecen a este rey, sería fácil justificar una
sentencia que cobre la falta. Sin embargo, la palabra
final no es la que esperamos, sino que nos encontramos
con un Dios que le perdona su pecada. Dios habla y nos
dice: “El Señor ha perdonado ya tu pecado, no
morirás” (II Samuel 12: 7-10, 13).
Para poder comprender esta acción divina se requiere
otra forma de sentir y vivir la realidad. Ante todo, se
nos pide que tengamos la madurez para nombrar nuestro
pecado, y luego ir con confianza ante Dios. El salmo es
directo y claro en este punto: “Había pecado, lo
reconocí, no te lo encubrí mi delito; propuse:
‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú
perdonaste mi culpa y mi pecado “(Salmo 31).
La madurez espiritual que ejercemos si bien es algo
proprio, también tiene su principio y fundamento en la
gracia que es la amistad con Jesucristo. Es preciso
reconocer que el perdón que buscamos ya se encuentra en
la persona de Jesus. Como nos lo demuestra Pablo en sus
palabras de hoy, solo viviendo en Cristo podemos
verdaderamente vivir el amor (Gálatas 2 16, 19-21).
El llamado al perdón implica que reconozcamos una vida
nueva en Cristo, donde ya no vivimos para ser los
mismos, sino para ser la nueva creación en el amor. Como
lo ejemplifica la mujer en la historia del evangelio:
ante nosotros, si bien esta una mujer pecadora, también
está un hombre-Jesús compasivo.
El perdón al cual somos llamados encuentra su cumbre en
el amor que Jesús nos brinda a todos. Es Jesús el que
nos ensena a perdonar, es Jesús el que nos dice hoy y
siempre: “no morirás.”
Claro, ante tal hombre-Jesús e invitación solo nos queda
imitar a la mujer. Hay que correr hacia los pies de
Jesús, y ahí hay que confiar de que cualquier sea
nuestro pecado ya ha sido perdonado…al igual que la
mujer, tenemos que tener mucho amor.