La mayoría de nosotros conocemos cómo se solía definir al “experto”: cualquier persona que viene de un lugar que se ubica más de cincuenta millas de donde nos encontramos. Hoy en día, se debe requerir que venga de más de quinientas millas. Me parece que no confiamos con lo cercano, con lo normal, con lo cotidiano.
Se estima más a la pericia cuando viene de lejos. Así pasa con los dones proféticos también. Preferimos que nuestros profetas estén allá lejos y de tiempos atrás. Lo de aquí y ahora es otra cosa. “Seguramente que ella no puede ser una profetisa. Asistimos a la misma escuela.” “Él no puede profetizar; conozco a su madre.” “Ese tipo no puede ser fuente de gracia y alegría para los demás; he estado en comunidad con él durante años. Cuenta chistes terribles y lleva gemelos.” ¿Es por eso que nadie es un héroe a los ojos de su ayuda de cámara?
Como somos casi siempre nuestro propio ayuda de cámara, casi siempre mejor conocidos por nosotros mismos, no confiamos en la posibilidad de que nosotros mismos podamos ser profetas o héroes. Dejamos poco espacio para lo profético en los lugares más cercanos e íntimos. Así, nos queda poco espacio para los milagros de la fe. “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra, entre sus familiares y en su propia casa. Jesús no pudo hacer allí ningún milagro, excepto unos cuantos, tanto le asombró la incredulidad de ellos.”
Siguiendo la tradición de muchos otros profetas reacios, empleamos nuestra intimidad con nosotros mismos como excusa: “Soy demasiado joven; no estoy preparado para tal cargo. Soy demasiado viejo, débil y pecador. Estoy demasiado preocupado y ocupado. Soy demasiado feo, amable. Si pudiera escaparme a un lugar lejano en otra época, disfrazado, armado con retórica animadora y con virtud brillante. Si pudiera apoderarme del púlpito o ser escuchado por el obispo, o ser un santo subversivo en el Colegio cardenalicio. Entonces, podría profetizar.”
Pero, aquí no. Ahora, no. Yo, no.
Si somos francos, el motivo por rechazar nuestras propias posibilidades heroicas y proféticas es que sabemos lo débiles y deficientes que somos. Ciertamente, no puede haber un héroe escondiéndose detrás de habilidades tan comunes, de aspecto tan ordinario. Seguramente, la vida de un profeta no se caracteriza por las debilidades y los fracasos como los nuestros.
Parece que San Pablo también fue acosado por sentirse deficiente. Le pidió a Dios—tres veces—que le quitara “la espina clavada en su cuerpo.” Parece que Dios no lo escuchó.
Pero, si como él, aprendemos a “regocijarnos en las debilidades que sufrimos por Cristo,” podríamos hallarnos desatados, con corazones valientes, con palabras firmes y libres.
“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” Si es así, toda profecía, como toda política, es del barrio.

