Cuando Bogotá era apenas un pequeño villorrio en la extensa sabana verde y fértil que habitaron antiguamente los Muiscas, una joven de una familia muy adinerada decidió ingresar a una comunidad religiosa dedicada a la atención de ancianos y ancianas de escasos recursos. Después de haber hecho su noviciado con las Hermanitas de los pobres, alejada del mundanal ruido, la joven regresó a la ciudad que la había visto crecer y donde su familia era muy conocida en los círculos de la alta sociedad. Al poco tiempo recibió su primer destino; fue enviada a trabajar en un albergue muy pobre, ubicado al sur de la ciudad. Una de las tareas que debía cumplir semanalmente la nueva religiosa, era salir por las calles para pedir limosna, por el amor a Dios, a los transeúntes. Con estas ayudas se sostenía la labor que realizaban en el albergue.
Nunca ha sido fácil predicar en la misma tierra que nos ha visto crecer. El mismo Jesús, cuando regresó a Nazaret comenzó a enseñar en la sinagoga y “la multitud, al oír a Jesús se preguntaba admirada: ¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?” Y san Marcos añade: “Por eso no quisieron hacerle caso. Pero Jesús les dijo: –En todas partes se honra a un profeta menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa.” Con razón, a pesar de estar entre los suyos, Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él.”
Predicar entre las personas conocidas es una tarea muy complicada. Sin embargo, estamos llamados a comenzar nuestra labor misionera por nuestra propia casa. Es allí donde se hace real el anuncio que tenemos que llevar al mundo. Predicar entre desconocidos es muy atractivo y suele brindarnos muchas satisfacciones. Todos lo hemos comprobado cuando vamos a un campamento misión, a una jornada de trabajo donde no nos conocen. Nos sentimos más libres, menos condicionados por nuestra historia personal, más protegidos de nuestro rabo de paja... Y esto hay que hacerlo, no faltaba más; pero comenzar por la propia casa nos ayuda a realizar nuestra labor desde la humildad y la sencillez del que se siente enviado y no dueño de la salvación. Como la hermanita de los pobres, a lo mejor nos toca humillarnos para recibir la respuesta que estamos esperando, porque sabemos que no es para nosotros, sino para el Señor.

