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Reflexiones
18º domingo de tiempo ordinario
3 de Agosto de 2014


Llamados al Banquete del Señor

Para muchos/as de nosotros/as el sentir sed o hambre, y experimentar la carencia a largo plazo no es algo muy común. Si bien hemos tenido sed y hambre alguna vez en nuestras vidas, la verdad es que pronto hemos buscado el alimento apropiado.

También es cierto que para muchos de nuestras/os hermanas/os la pobreza de alimento y recursos básicos y personales va más allá de lo que ellos/as puede lograr. Solo hay que mirar a nuestros alrededores, en nuestras vecindades, ciudades y mundo actual para darnos cuenta de la falta de víveres que confronta nuestra condición humana.

Y como si esta carencia de víveres no fuera lo suficiente, también sabemos de personas—familiares y amigos/as—los cuales tienen que abandonar sus hogares y países en busca del pan de cada día. Día tras día, hay compañeros/as que tienen que cruzar mar, ríos y desiertos para lograr un poco de justicia en sus vidas. Para nuestros/as hermanos/as inmigrantes, la búsqueda del pan cotidiano es muy real y palpable. En pocas palabras, la sed y hambre la llevan en sus labios y bocas.

El mensaje que nos brinda el profeta Isaías en las lecturas resuena en nuestros corazones precisamente porque nos recuerda y nos invita a compartir del pan de vida: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen leche y vino sin pagar… Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platillos sustanciosos” (Isaías 55, 1-3). Seamos inmigrantes, pobres, hambrientos o no, la verdad es que todos buscamos de un banquete que nos provea platillos para saborear con gratitud y con otros/as—y aun más cuando estas delicias vienen sin ningún precio a pagar.

De igual manera, el salmo nos recuerda que la convivencia con el Señor es donde encontramos el alimento de la compasión y misericordia que tanto necesitamos en nuestras vidas. En el Señor, todos encontramos lo que verdaderamente necesitamos en este largo caminar: “A ti, Señor, sus ojos vuelven todos y tú los alimentas a su tiempo. Abres, Señor, tus manos, generosas y cuantos viven quedan satisfechos” (Salmo 144). Lo maravilloso de esta convivencia con Dios y los demás es que perdura para siempre. Nada ni nadie puede separarnos de este llamado a la mesa—ni las preocupaciones físicas o emocionales (Romanos 8:35, 37-39).

Vale recalcar aquí que gran parte de esta abundancia y banquete con Dios se manifiesta en nuestro compartir mutuo. Es decir, en nuestra convivencia humana que nos lleva a compartir lo que tenemos y los que somos. Si bien todo lo bueno viene primeramente de Dios, también es cierto que todo lo que Dios nos da es para ser compartido con los demás, especialmente con aquellos que tienen poco. Las palabras de Jesús en este sentido son muy claras y directas: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer” (Mateo 14:13-21).

El reto para nosotros es de no segarnos a las riquezas que vienen de Dios. Todos/as tenemos algo que compartir y algo que dar. No basta el menospreciarnos a nosotros mismos, y mucho menos el usar nuestras limitaciones como excusas. Tu y yo tenemos que traer nuestros dos pescados y cinco panes a la mesa, ahí se transformaran—por la gracia de Dios—en un banquete donde todos/as comeremos sin límite.

F. Javier Orozco
F. Javier es un teólogo y educador católico. Presentemente trabaja como director del ministerio hispano para la Arquidiócesis de San Luis, Missouri. Sus estudios son en filosofía y teología.
Derechos de Autor © 2014, Javier Orozco.
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Arte de Martin Erspamer, O.S.B.
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org/