Homilía
1º domingo de Cuaresma
9 de marzo de 2014



El valor del polvo

Sin duda, mi mamá me había agarrado con la mano en la masa. Ella ya había notado las bolitas de polvo debajo de la cama, allí esperando sólo la chispa de Dios para volverse una nueva creación. A pesar de las posibilidades grandes de ese momento, ella me mandó a buscar un trapo para quitar toda evidencia del mundo nuevo venidero.

El polvo participa siempre en el mito y misterio creador y cuaresmal desde que Dios dijo, “...eres polvo y al polvo volverás”. Por años en la liturgia del Miércoles de Ceniza, esperábamos en fila estas palabras y la imposición del trocito de ceniza en cruz que marcaría nuestra frente. Desde este momento inicial de la Cuaresma, no era aceptable comer dulces, escuchar del Llanero Solitario en la radio emisora los viernes ni ir al cine los sábados por la tarde. La Cuaresma era difícil. Sin embargo, no la entendí muy bien. ¿Cómo la podría comprender? Su término fue un juego de ritos incomprensibles en Latín sin relación con mi vida. Pronto yo descubriría que esas penitencias adoptadas voluntariamente iban a perder importancia cuando comparadas con las otras impuestas por la misma vida.

Las cenizas nos hablan de una muerte no muy bien entendida. De niño, consideraba la muerte un evento extraño y accidental. Aunque un amiguito del vecindario había muerto por su apéndice reventado, no sentí la muerte como algo personal hasta el fallecimiento de una tía abuela, hacedora de dulces grandes y ricas, cuya misa de resurrección ocurrió en el mismo día en que los Cubs de Chicago perdieron la Serie Mundial de béisbol; yo tenía doce años. De una u otra manera, el polvo y la muerte se relacionan; Somos polvo y vamos a morir. Los ángeles no son polvo y no mueren. Para mí, siendo niño, el polvo y la muerte siempre se mezclaban, trayéndome a la vez sentimientos de miedo y de solidaridad.

Cubrirse uno de polvo en el Medio Oriente es signo de luto. Nuestra práctica del Miércoles de Ceniza nos acuerda de ser partícipes, no sólo de la gracia y todo lo positivo de la vida, sino también del pecado y la muerte. La moneda de la solidaridad tiene dos lados. Primero, nos unimos a los asesinos, los traidores de familia o comunidad y a los vendedores de bendiciones y episcopados para acompañarlos hacia la gracia. Segundo, el baño de cenizas nos enseña que también somos pecadores, no sólo virtuales sino actuales, por nuestro silencio ante una sociedad endrogada y apática.

Ahora escucharemos una frase del Evangelio al recibir las cenizas, “Conviertanse y crean en la Buena Nueva”. La cruz de cenizas también nos recuerda las otras cruces de aceite perfumado impuestas en el momento del bautismo y confirmación. Hemos sido seleccionados para conducir a todos a la libertad y este aceite nos consagra para una vida de justicia, amor y compasión. Hay momentos cuando no actuamos como es debido, por ejemplo, no confiando en el Señor resucitado. Así demostramos nuestra necesidad de la penitencia y reconciliación en nuestras vidas. Esta cruz de ceniza no es la que Cristo nos dio; nosotros mismos hemos preparado esta, pecadores todos.

Sin embargo, hay esperanza. Como me decía mi mamá. El polvo es lo que sobraba de lo que Dios hizo en la creación. El espera la palabra divina para brotar una vida nueva. Nos toca sólo reconocer su valor. Somos polvo; mírense. Este polvo que somos es llamado a ser la mente del universo, lo que enriquece el movimiento de las estrellas, el sol y la luna. Animados por el Espíritu, seremos los creadores de todo pensamiento y relación.

Este polvo que nos acuerda de nuestros pecados, simbólicamente inicia una nueva creación entre nosotros. Reflexionen; somos parte de este mundo material, su voz para decir la verdad, sus líderes para tomar decisiones que desarrollan la vida, una sola realidad con él si nos acompañamos como hermanos. El Medio Oriente, el lugar en donde se inició nuestra religión y la penitencia, siempre ha celebrado la posesión de la tierra. Su polvo, como el polvo debajo de la cama, es el don divino de sumo valor y la fuente de todo lo mejor que poseemos y compartimos.

La tierra del Medio Oriente es un lugar sagrado, el sitio en donde los sumerios descubrieron la rueda y los babilonios inventaron a los abogados; allí los pueblos aprendieron del don de la libertad y la organización, haciéndonos los hijos de Dios. Allí también aprendimos de la opresión, el egoísmo y la muerte.

Aquí nos encontramos en esta tierra, con polvo en la frente y preguntándonos qué hacer con todo ello. Unidos en la desgracia y la gracia, quizás escogeremos vivir juntos y aun amarnos los unos a los otros.


Donaldo Headley


Donaldo Headley se ordenó al sacerdocio en 1958. Se graduó con MA en filosofía y STL en teología de la Facultad Pontificia del Seminario de Santa María del Lago en Mundelein, Illinois.
Derechos de Autor © 2014, Donaldo Headley.
Todos los derechos reservados.
Se concede permiso para la reproducción para uso personal o uso parroquial.

Arte de Martin Erspamer, O.S.B.
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org/