En los Evangelios sinópticos, Jesús nos ofrece una sola cosa. El proclama el Reino de Dios. Nuestra dificultad para entenderlo se radica en nuestras ideas limitadas de lo que ese Reino puede ser. La selección del Evangelio según Marcos debe aclarar nuestra visión de lo que Jesús significa con la frase, “Reino de Dios”. Nos dice que no podemos prohibir la acción de otros a favor de él o del Reino aunque no los consideremos sus seguidores o discípulos oficiales.
El Cristianismo no es una secta. Es mejor la celebración constante de lo que Dios ha hecho en toda la humanidad por medio de Jesús de Nazaret. San Pablo nos dice que nosotros, como cristianos y por nuestra fe, hemos sido injertados a Jesucristo al ser bautizados. Sin embargo, no es una separación de los demás sino nuestra manera de llegar a ser plenamente humanos como Cristo es humano después de su muerte y resurrección.
San Pablo nos dice que Cristo es verdaderamente humano porque, al contrario de Adán, él está relacionado plenamente con Dios y con nosotros (1 Corintios 15:45-48). El es Dios y Hombre, vinculándonos a Dios por la Encarnación. En Jesús se realiza plenamente la Alianza que Dios había iniciado con toda la humanidad por Noé y después desarrollaba en momentos distintos por Abraham, Moisés, los profetas y los sacerdotes que regresaron del exilio en Babilonia.
El Papa Juan XXIII deseaba abrir la Iglesia a un futuro que incluiría toda raza y religión, cada condición social y económica para una realidad humana compartida y completa. El decía que la Iglesia es una realidad histórica, viva porque Cristo vive, pero no el único instrumento del Espíritu de Dios.
En Panamá, a pesar de que muchos en la Iglesia y el gobierno nos acusaban de ser de la CIA, también nos incriminaron como comunistas. Sin embargo, no eramos ni una ni otra cosa.
El Arzobispo de Chicago, Francis Cardinal George, comenzó el milenio, diciendo que el Espíritu ya está trabajando antes de que lleguemos para predicar el Evangelio.
No estamos solos en la obra de una nueva creación humana. Sabemos ya lo básico de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Ya entendemos que Dios ha sellado la Encarnación, la última expresión de su alianza con la humanidad, con el sello de la resurrección de Cristo. Debemos estar conscientes que otras organizaciones como la Iglesia, unas seculares y otras religiosas, tienen mucho que decir sobre la manera en que compartimos la humanidad en Cristo.
No importa si ellas estén conscientes de esto. Nadie escapa de los retos de la nueva humanidad que nosotros los bautizados tenemos. Gandhi dijo una vez que admiraba tanto a Cristo que se hubiera hecho cristiano si pudiera conocer a un solo cristiano.
¿No es éste nuestro problema más grande como la Iglesia Católica? Como las demás organizaciones, somos un grupo de pecadores sin el privilegio de decir que somos santos por asociación. Los santos son pocos y dispersos en la historia. Unos de ellos no son católicos.
En la Iglesia, poseemos muchas ventajas que otros no tienen. Sin embargo, ni aquí ni en el Santo Oficio del Vaticano podemos decir que somos mejores que los demás.
Por veinte siglos hemos estado culpables de predicar en contra del Evangelio proclamado por San Pablo (Gál. 3:26-28). Hemos vivido conscientemente con el sexismo, el racismo y el privilegio económico. La declaración del Vaticano, Dominus Iesus, no nos describe muy bien.


