Los profetas anuncian la promesa del futuro. También desenmascaran a los ídolos del presente. Por eso, la gente está resentida con ellos, “los profetas de la ruina,” “los malhumorados disgustados que andan soltando jeremiadas.” Les hacen sentirse culpables a la gente continuamente. Vociferan sin ser invitados y en momentos inoportunos.
Y así Josué le pidió a Moisés que ordenara a dos advenedizos que dejaran de profetizar en el campamento. A estos profetas no se les habían reconocido ni aprobado. Pero Moisés dijo: “¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvé profetizara! ¡Ojalá que Yahvé pusiera su espíritu sobre todos ellos!”
Normalmente nos gustan los profetas cuando dicen lo que queremos escuchar. Son bien recibidos especialmente cuando sobrecargan de acusaciones a nuestros enemigos. Cuando nos afecta de cerca, ya es otra cosa.
Un caso concreto: la lectura de hoy de la carta de Santiago. ¿Se ha oído alguna vez semejante cosa en una parroquia rica? ¿Se ha atrevido algún obispo a pronunciarla sin miedo de que le corrieran del pueblo? “Y ustedes los ricos, lloren a gritos por las desventuras que les van a sobrevenir. Su riqueza está podrida, sus vestidos consumidos por la polilla, su oro y su plata comidos de orín y el orín será testigo contra ustedes … Han vivido en molicie sobre la tierra; han cebado los corazones para el día del degüello.”
La mayoría de los sacerdotes y obispos han aprendido a no intentar ni siquiera hablar de estas cosas. Si se oyen palabras así, se oyen en asambleas de los oprimidos y pobres—invectivas contra los privilegiados que los privilegiados oyen muy pocas veces, a no ser que lean la teología de liberación.
El problema de la riqueza es uno de los secretos más grandes del cristianismo capitalista. Sería demasiado duro encontrarse con la verdad. Puede que los Papas y obispos vivan con toda comodidad, rodeados de plata y oro. Y nosotros mismos somos miembros de una iglesia que reside probablemente en la cultura más resplandeciente del mundo.
Nuestros evangelistas que aparecen en televisión se interesan tanto por nuestro dinero que no se atreven a condenarlo. De hecho, si usted dedica los domingos de un mes entero escuchando a los predicadores, parecería como si Jesús no hubiera dicho nunca nada sobre el dinero. Los que proclaman el Evangelio quedan fácilmente atrapados. Como me dijo una vez un hombre muy rico: “Usted no debe amar demasiado a los pobres. Si lo hace, ¿quién le va a dar el dinero para seguir adelante?”
Es posible que el dinero sea nuestro mayor problema. Marx lo llamó nuestro “dios celoso,” que no tolera a ninguna otra deidad. “Solo el dinero calmará mi alma, mi esperanza y mi salvación están con el dinero en efectivo. Solo él es mi seguridad, mi fortaleza, mi gloria.”
El dinero tiene un poder inmenso. Es casi sacramental. Nos ofrece aceptación en el mundo real. Parece lavar los actos más viles. Al poseerlo, nos encontramos desinfectados. Los comportamientos más repugnantes se convierten en genialidades, si no espléndidos. Da igual si somos asesinos, usureros, abusadores de mujeres y niños, narcotraficantes, aún podemos comprar limosinas y conductores. No importa lo que hayamos hecho, los aduladores nos halagarán, esperando una propina, un reconocimiento benevolente. Da entrada a los clubs más exclusivos. Compra la vida y la muerte, cuerpos y partes del cuerpo. Compra a las personas.
Una vez, mientras estaba enseñando en una universidad de New York, me quejé sobre La propuesta indecente (una película en que Robert Redford interpreta el papel de un señor que compra de un esposo una noche de sexo con su esposa por un millón de dólares). Un estudiante listo quiso tranquilizarme. “Descuide. Un millón de dólares. La mayoría de la gente se acostaría con cualquier persona por ese precio, muchísimo menos con Robert Redford en un hotel de lujo de Las Vegas.”
Quizás debiéramos haber aprendido ya que no hay nada que pueda contra la gloria fatal del dólar. Tal vez debiéramos ignorar calladamente la seducción de la riqueza. Todo esto queda muy cerca de la verdad y nos duele. Podría ser incluso motivo de hacernos sentir avergonzados. Es más fácil unirse secretamente a la conspiración del silencio.
Y sin embargo, ¿qué pasa si nuestra capitulación a la última realidad del dinero nos ata una piedra de molino al cuello? ¿Qué ocurre si nuestra falta de voluntad para desafiar su poder frustra las más profundas esperanzas de nuestros jóvenes y “les lleva por mal camino?”
Jesús dijo unas palabras terribles: “Si tu mano te escandaliza, córtatela.” Y, bueno, ¿qué es lo que nos escandaliza? ¿Qué será eso a que nos aferramos con más constancia que a nuestra fe? Algunos de nosotros estaríamos dispuestos a cortarnos la mano, ciertamente, por algo en que verdaderamente creemos. Pero, ¿sería por el reino de que habló Jesús? O, ¿simplemente por un millón de dólares?
¡Ojalá que todos los seguidores de Cristo fueran profetas! Espero débilmente en las palabras de Moisés. Tal vez la bancarrota moral de un capitalismo que no permite que ninguna convicción ni moral ni espiritual lo prohíba, llegue a desenmascararse finalmente por el evangelio falso que es.
Si contemplamos tal profecía, preparémonos para una resistencia y, muy posiblemente nuestra propia vergüenza. Sin lugar a dudas, nos conocerán como alborotadores y descontentos. Quizás sí. Pero puede que nuestros jóvenes imaginen otro mundo donde el dinero “no mande.”
Tal vez imaginen la esperanza.


