Sucede de vez en cuando que se juntan lo divino y lo humano en un solo instante de vida cuando vemos lo que somos y también lo que debemos llegar a ser. La señora estaba de pie al lado del brazo de aluminio que sostenía el suero intravenoso, pálida y aprovechando la poca fuerza que tenía sólo para mantenerse incorporada. Su esposo hubiera podido decir una repetición sencilla de las frases comunes del compromiso matrimonial, pero, en lugar de eso, él fijó su mirada en ella y comenzó un piropo bello y delicado. Le dijo cómo la amaba y quería que ella siempre estuviera a su lado, que ella era el regalo mejor que Dios le había dado. El prometía darle de su propia fuerza para que estuvieran juntos siempre.
Las historias de la creación, sean de los Quiché Maya o de los hebreos, hablan del principio de todo. Estas leyendas, Palabra de Dios para nosotros, no narran el principio material del mundo, sino su comienzo relacional. Dos personas que se aman no acomodan lo que otros les han dado; son ellos mismos el inicio de un mundo nuevo. Este mundo relacional debe proceder de su amor.
Al hablar Jesús del matrimonio, insiste en que este don humano queda fuera de los legalismos y contratos. El matrimonio es mucho más para él que sólo un arreglo entre dos personas que vivirán juntos cumpliendo entre sí ciertas condiciones. El matrimonio anuncia nuevos comienzos. Es más que una decisión tomada para reemplazar los regalos dados por los papás; es un salto hacia lo desconocido, hacia las tinieblas inseguras del futuro. El matrimonio es algo de fe y amor: Se cree tanto en el otro que se da un paso hacia el abismo. Lo amamos tanto que no lo hacemos solos.
El matrimonio queda más lejos de un contrato que las estrellas de nuestra vista. Es siempre nuevo. Sin embargo, esta bendición tiene sus confusiones. ¿Qué se celebra: un matrimonio o una boda? ¿Quién lo planifica: los padres o los novios? ¿Quién guarda los documentos: la Iglesia o el Estado?
Esta última pregunta parece ser la más fácil de contestar. A pesar de los muchos tratados entre los gobiernos y el Vaticano, la Iglesia estaría mucho mejor si no metiera la mano en esta masa de legalismos, matrimonios civiles y divorcios.
Los padres y familias de los novios generalmente pueden amargar la vida de los novios. Todo el mundo, desde la mamá hasta la tatara abuelo, tiene opiniones sobre la boda. Nadie permite a los novios aproximarse a la fecha escogida con sus propias decisiones. A veces, se les dice que no deben conversar ciertas “cositas” hasta que no se hayan casado, cuando ya sería muy tarde.
Los novios también caen en la trampa. “Pero siempre viste la novia de esta manera.” “Y claro que se necesita una alfombra blanca en el piso.” Habrá videos y fotos de todo el mundo desde el sacristán hasta el gato de la vecina y deudas sofocantes para cinco años.
El tiempo y la decisión para casarse deben ser sólo de los novios. Sólo la misma pareja puede hacerse responsable de su futuro y del momento en que debe comenzar. Es un asunto de unir dos vidas en una sola. Tendrán la oportunidad de organizar la vida como nunca antes de llegar a ser matrimonio y hacerse libres. Juntos y llenos de vida, ellos vivirán derramando vida por todos lados.
La historia de las bodas de Caná habla de Jesús y cómo él pide que se llenen las tinajas de agua hasta derramarse. No hay ninguna palabra milagrosa, sólo el hecho de que, una vez llenas y derramándose, lo que está dentro de las tinajas brinda canto y la posibilidad de bailar. Podemos transformar nuestro mundo sólo si vivimos de esta manera.


