Todos fuimos creados para conectar con otras personas. Somos seres sociales por diseño divino. La narración del libro de Génesis trata de afirmar esta verdad. Este segundo relato de la creación, hace esto mostrándonos lo contrario: una falta de conexión. Con esto trata de explicar una de las experiencias más tormentosas que un ser humano puede sentir: la soledad. La soledad en el Génesis se describe como una falta de conexión adecuada con otros seres vivos y usa de ejemplo a los animales. Y luego lo describe como una ausencia; al hombre le falta una costilla.
Una sensación de que está incompleto, un sentimiento de insatisfacción, un deseo de conectar con otro. Cuando conoce a la mujer, reconoce a su igual y crea una conexión real con ella. El hombre reconoce esto en el relato diciendo: “Es hueso de mis huesos y carne de mi carne.” Somos criaturas de amor y cuando conectamos, amamos; creamos lazos de unión. Para algunos es una amistad y para otros puede llegar a ser amor conyugal o una nueva familia. Esto no solo es un lazo de unión, sino un compromiso a no olvidar el valor de esa unión y no olvidar la alegría de encontrar esa conexión con otra persona. Por lo tanto, un compromiso a luchar por mantenerla.
La soledad es uno de los peores dolores del ser humano y se puede experimentar aún en un lugar lleno de gente. Porque la soledad no se trata de no estar cerca de otras personas, se trata de no poder conectar con las personas que nos rodean.
Triste es cuando perdemos la conexión y la unión con una persona con la cual estábamos bien conectadas. Ejemplo: un matrimonio que termina separándose, pero que en algún momento se amaban mutuamente.
Cuando se pierde esta conexión es porque uno dejó de ver al otro como “hueso de sus huesos y carne de su carne”, y como consecuencia, crea división en vez de unión entre las personas. A esto le llama Jesús “la dureza del corazón”.
Dios constantemente nos inspira a la unión, mas es el ser humano el que insiste en separarse.
No hay señal mas evidente de que nuestra alma está en problemas, que aislarnos y alejarnos, cortando las conexiones con otras personas.
Cuando dejamos de sentir la necesidad de socializar y cultivar relaciones personales, dejamos de trabajar en la aceptación mutua, no buscamos el perdón y la reconciliación. Si nos damos por vencidos y abandonamos a las personas, cada vez que nuestros amigos, nuestra familia o nuestra pareja “se le endurece su corazón”. Pasan dos alternativas: o vivimos constantemente frustrados, desilusionados con todo y con todos, no importa cuanta gente nueva conozcamos, o nos desconectamos, nos escudamos en el aislamiento, la soledad y viviendo en ese dolor.
Somos hijos de un Dios amor y comunitario en su Trinidad. Es nuestro destino imitar la vida de nuestro creador. La misión redentora de Cristo, se trató de amarnos e invitarnos a unirnos a Él y unos a otros. “Por eso no se avergüenza de llamar hermanos a los hombres”. Dios quiere “que todos sus hijos tengan parte en su gloria”. Por eso seguimos “a Jesucristo, autor y guía de nuestra salvación”.
Nos acercamos a Dios cuando buscamos unirnos y amarnos. Mas muchas veces fallamos y “endurecemos nuestro corazón”. Lo importante es no quedarnos en esa dureza, no quedarnos en esa soledad y todos los días retarnos y luchar por recobrar nuestra imagen divina de amor y de unión. Porque “no es bueno que estemos solos”.
Dios me los Bendiga y Seamos Santos.


