Dios hizo maravillas en la creación. Tal vez a través del Big Bang, dando así origen al universo y las galaxias, y ... pues, lo que fuera. Lo hizo.
Ante todo, Dios quería crear un ser vivo que pudiera compartir la característica principal de la Trinidad, el amor profundo. Para toda la eternidad, las tres personas dentro de Dios se habían amado tan intensamente que eran una sola.
Desafortunadamente, Dios cometió un error en la secuencia de su creación. Sí. Creó primero al varón. (Primera Lectura)
Bien se sabe que un varón, solito, será casi incapaz de valerse por sí mismo. Necesita compañía, alguien para guiarlo, y a veces solo mucho perdón. Para casi todos los hombres, esto significa la presencia de la mujer.
Pero las mujeres no existían. Dios llegó a entender esto. Ya que la Trinidad es una relación entre tres personas que forman un solo ser, tal vez Dios pensaba que la presencia de cualquier otra criatura haría posible lo mismo para Adán.
Así que modeló de arcilla...
todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo,
y se los presentó al hombre
para ver qué nombre les ponía;
Y cada ser vivo llevaría el nombre que
el hombre le pusiera. (Primera Lectura)
La lectura sigue, “pero no se encontraba ninguno como él, que le ayudase.” Desde luego que no.
Entonces Dios hizo algo muy sagaz. En lugar de tratar de modelar de la Tierra una compañera para el hombre, así como lo había hecho con los animales, dejó caer sobre el hombre un letargo y le sacó una costilla. Y de esa costilla hizo una mujer.
Esta estrategia sí funcionó. Había una gran intimidad entre el varón y la mujer. Ella era, como decía torpemente el hombre, “hueso de mis huesos y carne de mi carne.” Dicho en otras palabras, los dos fueron formados de la misma arcilla—no podían ser más parecidos.
Luego vino el matrimonio. Como dice la Primera Lectura, “ Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.”
Pasaron siglos, milenios, y entre los varones surgió un dicho popular: “¡Las mujeres! No se puede vivir ni con ellas ni sin ellas.” No puedo repetir aquí lo que dicen las mujeres de los varones, pero suele empezar así: “¡LOS HOMBRES!...y sigue una lista de detalles.
Tristemente, el divorcio también llegó. Ya había existido hacía siglos cuando los Fariseos se presentaron ante Jesús para argumentar lo siguiente: “Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer una acta de repudio.” (Evangelio) Jesús les recordó de por qué Dios había formado al varón y a la mujer también, a los dos. Quería que compartieran una relación íntima, parecida a la de la Trinidad.
“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.”
¿Y que pasa si tú hoy te encuentras divorciado, o solo, o privado de tu ser querido por la muerte? ¿Qué pasa si tú y tu pareja no se llevan bien?
Haz todo lo que puedas. Al igual que todos nosotros tú intentas reflejar en tu vida la unión amorosa de la Trinidad.
Y tal vez Dios tiene para ti otro camino en la vida.
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autor de esta reflexión:
Fr. Juan Foley, SJ


