Hay dos mitos grandes religiosos. Uno nos dice que todas las religiones son igualmente buenas Cuando lo contrario es cierto; todas las religiones son igualmente malas. Buena es la fe, firme y celebrada; mala es la religión, fanatica y prejuiciada. El otro mito dice que la fe no deba meterse en la política. Al contrario, la única posibilidad de conseguir un gobierno decente y moral depende de la fe. ¿Creen los líderes políticos en algo más grande que su propio egoísmo? ¿Cree el gobierno en los gobernados?
Las lecturas de hoy representan la fe que se mete en política. La primera lectura, tomada del Segundo Libro de Isaías, habla de Ciro, rey de Persia, como el mesías del Señor. Sólo en este pasaje menciona la Biblia a un extranjero como mesiánico. En esta ocasión, la fe judía expresa una política muy particular y diferente. Por medio de Ciro, Israel volverá a sus tierras después del exilio en Babilonia para continuar la revolución religiosa llevada por los sacerdotesprofetas que eventualmente reconstruirán la ciudad de Jerusalén y su templo. Ellos pondrán en la Biblia sus convicciones sobre el amor al prójimo, la dignidad humana y el perdón de la deuda.
La tercera lectura habla del encuentro entre Jesús y los politiqueros de su época. Los fariseos y herodianos, normalmente enemigos, aquí se reúnen para atrapar a Jesús. Le hacen una pregunta política: “¿está permitido o no, pagar el impuesto a César?”
Jesús les da una respuesta dominante, a la vez muy fiel y muy política. Es quizás el mejor ejemplo de la fe que debe afectar la política. Con una sola frase, una espada de doble filo, él contesta a la religiosidad legalista de los fariseos y el imperialismo opresivo de los herodianos:“…den al César lo que es del César, y a Dios lo que a Dios corresponde”.
Los fariseos, siempre legalistas, no podían ni tocar la moneda del impuesto imperial porque llevaba la imagen del César, un dios para los romanos. Para pagar su contribución al gobierno ellos dependían de los publicanos, despreciados pro ellos y considerados pecadores por haberles hecho el favor de tocar la moneda y la imagen. La respuesta de Jesús llega a la teología de su práctica, llamándola hueca. Les recuerda de las condiciones de la alianza entre Dios e Israel. Como Dios pertenece a Israel, todo Israel también pertenece a Dios y no al César.
Su respuesta llega también a los herodianos y los confunde. Según Jesús, ellos pueden envolver al César con todo y moneda en un solo paquete para largarlo de Israel. A nadie le hará falta el César. Israel jamás puede pertenecer al César; Israel es sólo de Dios. Así Jesús soluciona el problema colonialista de su pueblo.
La segunda lectura, tomada de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, también es cargada de implicaciones políticas si consideramos el Evangelio proclamado por ellos. Según Pablo, debemos vivir la misma vida del Señor Resucitado sin el sexismo, sin el racismo y sin un amor al privilegio económico. No es fácil proclamar esta igualdad en una sociedad que no cree en ella. Pablo alaba a los tesalonicenses por su fidelidad y esfuerzos. En la lucha de los primeros cristianos, el Evangelio era un proyecto sumamente político y subversivo. Ellos querían cambiar las estructuras del poder.
Si ahora tomamos en serio el Evangelio, lo haremos también político. Serviremos a los pobres, los hambrientos y los marginados. Insistiremos en que los candidatos políticos debaten los detalles importantes para un gobierno. Los exigiremos que informen al pueblo, no de su pasado ya vivido sino del futuro que vislumbran. No queremos celebridad, sino claridad.
El Evangelio nos dice que debemos ser responsables de toda vida. No esperamos la muerte para estar con un diosito. No iremos al reino de Dios; el reino de Dios vendrá a nuestro lugar y tiempo. “Venga tu Reino” no es una frase que nos deja cómodos y satisfechos, sino la que nos presenta un reto palpable.
Es cierto que todavía queda un año y poquillo para las elecciones presidenciales aquí. Sin embargo, ya hay candidatos para convencer y confundirnos. Calmados por los optimistas y torturados por los pesimistas, votaremos o no votaremos. ¿Cómo mejorará esta nación la Buena Nueva de Jesucristo? ¿Cuál será nuestra participación en los cambios políticos importantes y necesarios?


