Durante los meses de octubre y noviembre, es apropiado que las lecturas del Evangelio se enfoquen frecuentemente en ser discípulos radicales. Los finales del otoño en los Estados Unidos son, después de todo, la época de decidir entre las opciones políticas, una temporada electoral con el partidismo y las lealtades competidoras que les acompañan. Durante estas fechas, es difícil ignorar las implicaciones políticas de la historia de Jesús y la moneda del César.
Desde luego, la situación para Jesús y también para la comunidad que recopiló la historia de su vida fue infinitamente distinta de la nuestra. Es muy probable que el enfrentamiento del Evangelio represente una lucha entre el partido de Herodes que era leal a Roma y los Zelotes (fanáticos) que se negaban a pagar el tributo a Roma. Parece que Jesús no estaba de acuerdo con la opinión de los Zelotes, pero tampoco apoyaba a los partidarios de Herodes.
No es una historia que trata simplemente de las jurisdicciones rivales de la iglesia y del estado. Tampoco plantea la cuestión aislada de pagar impuestos (aunque los dos temas parecían estar vinculados con las campañas políticas de nuestro país al comienzo del siglo.
Este incidente que tiene que ver con los impuestos es uno de cinco enfrentamientos relacionados con la autoridad de Jesús. Hay controversias sobre el reconocimiento de San Juan Bautista, el matrimonio, la resurrección de los muertos, el mandamiento más grande, y la afirmación de ser el Mesías.
En el presente conflicto, vemos como un grupo quiere hacerle una trampa a Jesús y debilitar su misión porque sospechan que sus parábolas ponen en peligro el poder de ellos.
Sus adversarios se expresan con términos de amistad, hasta melosos: “Querido maestro, hombre honrado, señor sincero, sabemos que no buscas el favor de nadie, y que no haces distinción de personas.” Entonces, sabiendo los motivos ocultos de su pregunta, si era legal pagar impuestos al emperador, Jesús les dice que deben dar el dinero a la persona cuya imagen se encuentra en la moneda. “Y que den a Dios lo que es de Dios.”
Esta perspectiva es de sumo interés si se interpreta como una metáfora de la lealtades contradictorias de “una nación judeo-cristiana” al enfrentarse a las elecciones de hoy en día.
Tanto los antagonistas importantes como sus promovedores se expresan con las palabras apropiadas. Todos están a favor de los ángeles: la familia, los valores, la verdad, la justicia, la virtud, la fe, etcétera, etcétera.
Pero los motivos no aparentes son en realidad una cuestión de autoridad. ¿Quién o qué nos habla con autoridad? Yo sugiero que lo que nos atrae no es tener que eligir entre dos partidos políticos. (Los dos buscan lo mismo: el imperio del dinero, del nacionalismo, y de la diversión.) Es verdaderamente una elección entre el César y Dios.
Hoy en día, ¿qué se nos pide que demos al imperio? ¿Nos piden nuestra fe y prácticas morales? ¿Nuestras esperanza y sueños? ¿Nuestra conciencia? ¿Nuestro trabajo? ¿Nuestros hijos? Y si ofrecemos tales sacrificios en el altar del César, hemos traicionado los bienes que son más íntimamente nuestros y de Dios?
El imperio y los que luchan por ganar su trono nos ofrecen, de formas diferentes, una ideología de egoísmo. Una versión nos promete impuestos más bajos y mayor prosperidad, seguridad nacional y poder, un egoísmo culto y el mito narcisista de que los pobres no tienen derecho a pedirnos nada porque nosotros hemos “ganado” nuestros bienes.
La otra versión nos atrae por su indulgencia personal sin límites. Con esta ideología, la opción individual se eleva por encima de cualquier valor o bien objetivo imaginables. Las necedades que se dicen sobre el tema de los derechos humanos, por ejemplo, tienen poco que ver con el valor intrínseco de las personas que merecen nuestro respeto por su mera humanidad. Es mas bien el grito de los intereses creados que intentan llamar la atención, reclamando satisfacción.
Las dos partes del imperio dan argumentos falaces y contradictorios. Por un lado, hablan con urgencia de “la moralidad,” y por el otro de “la acción apropiada.” Pero detrás de las palabras simplistas queda este mensaje: qué bien estamos, y estaremos aún mejor si votamos por el candidato privilegiado.
Durante esta campaña política, poquísimas palabras nos llamarán a la generosidad, la disciplina o a un espíritu de sacrificio. Si se habla de la disciplina o del sacrifico, se los recomendarán a los pobres. Si se nombra la compasión, tendrá un tono de superioridad moral narcisista.
Nos se hablará del velo de muerte que ronda los hospitales y los campamentos de refugiados. No se descubrirán los engaños de nuestras herramientas de guerra y de gobierno. No se mencionará la economía voraz que exige que trabajen los dos padres a tiempo completo para criar y educar a los hijos. No saldrá el tema del montón extravagante de dinero que ganan las estrellas hastiadas y los mercaderes comerciantes para no avergonzarnos.
Sólo oiremos lo que más nos importa: los productos de nuestras manos y nuestras ideas a los cuales recurrimos para consuelo y sentido, hasta la salvación.
El Dios de Isaías dijo, “Fuera de mí no hay Dios.” El Espíritu del cual predicó San Pablo no conducía a pal: y no son palabras vacías sino con convicción y de todo corazón. Si vamos al lugar de votar y votamos por un candidato para que sea nuestro líder, hagámoslo bien y juiciosamente. Demos al César.
Pero vigilemos a nuestras almas.abras vacías sino a un poder activo. Y Jesús sabía lo que se debía rendir a Dios.


