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La Palabra que nos compromete
Trigésimo segundo domingo
del Tiempo Ordinario A
12 de noviembre, 2023
John Kavanaugh, SJ


Retraso
“Ustedes no saben la hora.”

La Sabiduría es radiante e inmarchitable. La encuentran los que la buscan. Debemos buscarla al amanecer. “Quien vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones.” La Sabiduría va de un lado a otro atenta y misericordiosamente.

¿Qué es la Sabiduría? ¿Cómo podemos aprender de ella? Todos buscamos consejos sensatos y entendimientos profundos. Buscamos la mejor inteligencia posible para sentirnos seguros. Esperamos los días cuando, libres de ilusiones y pretensiones, veremos las cosas como son y sabremos discernir los regalos dignos de valorar.

En ese momento, la Sabiduría me dejó libre de preocupaciones, sentí el fin del tiempo.

Todo el mundo valora, pero pocos valoran lo que es valioso. La Sabiduría no es saber lo que uno valora sino es valorar algo que es digno de nuestra atención. Celebramos el derecho de elegir, pero las oportunidades de tomar decisiones son para dar y regalar. Lo raro es tomar una decisión sabia.

Al acercarnos a los últimos días, meses y años del milenio, se levantaron voces, como si fueran inspiradas por la sabiduría, anunciando “el final del tiempo.” Tomaron las lecturas del Evangelio o de las cartas del Nuevo Testamento como la de hoy a los tesalonicenses para predecir otra vez la parusía, el fin del mundo. La gente prestó atención, esperando oír sonar la trompeta de Dios y la llamada de los arcángeles. Hubo voces de salvación y de perdición. Salieron artículos en las revistas sobre el Libro del Apocalipsis. En los programas de entrevistas platicaron sobre “el Rapto.” La gran mayoría de lo dicho y escrito fue basura, se sacaron pocas ideas sensatas.

Tenemos una historia del Evangelio. Describe a diez damas de honor, cinco de ellas tontas, y otras cinco listas. Las tontas no habían traído aceite extra para las lámparas en caso de que se les acabara. El novio tardó en llegar. Por fin, llegó a la medianoche. Las no prevenidas pidieron a las otras, “Dennos aceite.” Pero las prevenidas les dijeron a las tontas que fueran a buscar más aceite. Y así perdieron la oportunidad de entrar, se puso la tranca a la puerta, aún cuando las que se quedaron fuera clamaban para que se la abriera. Ya fue demasiado tarde. La moraleja de la historia: “Velen, porque no saben el día ni la hora.”

Ahí está la sabiduría. Nunca sabemos el día ni la hora. Recuérdese, las diez damas de honor dormían. La diferencia quedó en que cinco de ellas estaban preparadas. No es cuestión de calcular el momento que el destino nos llegue. La cuestión es que debemos estar listos para su llegada durante todo momento de nuestras vidas.

Las escrituras que tratan del “in del tiempo” no son pronósticos del futuro, aunque las escrituras apocalípticas del final del calendario litúrgico nos recuerdan de “las últimas cuatro cosas.” Sí que nos pueden servir de guías; pero es todavía mejor concentrarnos en lo perdurable. Nos equivocamos si tomamos estas escrituras como pronósticos ocultos del fin del mundo. Es aún más sensato considerarlas al empezar cada día como camino hacia la sabiduría. Puede que cualquier día sea nuestro último día. La despedida que damos al salir de casa tal vez no se vuelva a dar. Es posible que no veamos otro día.

Entonces, ser sabios no es cuestión de calcular la hora de salida. Es vivir bien el momento actual—la espera.

Nos apuramos para dejar las cosas hechas. Cuando no acabamos las tareas, pensamos que malgastamos el tiempo. Pero la verdadera pérdida de tiempo es la manera en que pasamos el tiempo siempre apurados. Igual pensamos que tomamos la acción adecuada, pero en realidad no prestampos atención. Al darnos prisa para prepararnos para acciones futuras, no estamos preparados para lo que está con nosotros ahorita. Y tarde o temprano se nos acaban las energías.

Hace unos diez años, entré en un compromiso que luego me pareció imprudente. En un momento precipitado, me ofrecí a pasar un año en África. Durante los días después, me arrepentí de lo que había prometido. Me parecía que irme en este viaje era lo último que debería hacer un hombre cuarentón, especialmente cuando tenía tanto que hacer, promesas que cumplir, proyectos para terminar en el plazo decidido.

Había creído que yo estaba atento y alerta, ocupado con los asuntos de Dios y de la tierra y estaba tan atareado que apenas podía atender a todo. Me acosaba el sentimiento de estar “siempre apurado.” Resentía que mis amigos o mis estudiantes vinieran a charlar conmigo porque me quitaban tiempo del trabajo pendiente. (Era una paradoja irónica: todo lo que quería hacer antes fue “ayudar” y estar con la gente, el mismito don que ahora me molestaba.)

Recuerdo que el viaje fue largo. Primero fuimos a Australia y luego volamos sobre un mar interminable hacia la costa de África. ¡Cómo me arrepentía de haberme ofrecido así tan impetuosamente! Y allí me tenía pasando un año de mi vida escondido en una aldea en las afueras de Harare, Zimbabwe.

Tardó un mes en llegar la cara misericordiosa y atenta de la Sabiduría. Después de varias semanas de paseos tranquilos, conversaciones dulces y calmadas con Shona y Ndebele, menos ansias de mantenerme al corriente dr las noticias, los deportes, el tiempo y todo lo efímero de las columnas editoriales que leía a diario, la Sabiduría vino a visitarme—no cuando la velaba al amanecer, sino en un momento al atardecer.

Estaba sentado en un soportal que daba a un valle desconocido por casi todo el mundo y poco mencionado en la historia. En ese momento, la Sabiduría me dejó libre de preocupaciones, sentí el fin del tiempo.

Todo es oportunidad. Sigue así ahora.

Las últimas cosas son las duraderas: este momento de gratitud, este regalo de otro respirar, esta persona en particular que está delante de mí, esta oportunidad de esperanza, esta hora para creer. Todo es ahora.

Lo eterno es ahora. Y Dios está con nosotros. Sólo tenemos que estar atentos.

Al final de la vida, no importa la hora ni el día, únicamente recibiremos la presencia de quien, en nuestros pocos momentos sagaces, aprendimos a estar atentos.

Juan Kavanaugh, SJ
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.

El Padre Kavanaugh fue profesor de Filosofía en la Universidad de San Luis, Missouri. Su prematura muerte ha sido muy dolorosa para todos aquellos que le tratamos en su vida.


Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org