Si Dios es la realidad cuya circunferencia no está en ningún lado y cuyo centro está en toda parte y si Dios es la presencia reconocida al centro de toda la humanidad, la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, es la clave que interpreta toda la vida. Cuando Moisés pregunta a Dios su nombre, no se le da ninguno. Dios dice una frase que nos regala cuatro letras hebreas, después aceptadas por nosotros como si representaran un nombre para Dios, “Yavé.” Esta palabra se considera su nombre sólo porque así lo queremos. La misma frase que Dios usa nos prohibe definirlo y nombrarlo.
Moisés está caminando del lado contrario de Dios en una calle de doble vía. El quiere controlar a este Dios que le viene buscando. Al arbusto de la aparición se le pide un nombre. Una voz responde con unas palabras que tienen sentido sólo en la lengua hebrea. Son para todo tiempo y lugar porque gramaticalmente no cargan un factor de tiempo. Al analizar el verbo, se concluye que Dios está presente siempre y en todas partes por medio de una revelación gloriosa y caleidoscópica.
En su primera carta a los cristianos en Corinto, San Pablo explica que hemos recibido la gracia de una participación en el Éxodo. El paso de Israel de la esclavitud a la libertad ya pertenece a toda la humanidad. Nuestro bautismo y el proceso siguiente es nuestro movimiento por medio de la muerte a la vida, de la fe al amor, y de la esperanza a una nueva creación. Damos pasos para alcanzar a un Dios que es el centro de todo. La Encarnación señala hacia Dios en la humanidad y, maravillosamente, a la humanidad en Dios. Debemos entender que Dios ya es lo que Dios no era.
Somos la continuación de la historia de Dios en este planeta, un resultado de las decisiones y acciones de los antepasados; también somos la clave para entender sus tradiciones. ¿No debemos proclamar su historia y, a la vez, crear lo que Dios sueña como nuevo y necesario para nuestra propia época? Si no nos abrimos a lo nuevo que Dios quiere, no estamos relacionados con los que pasaron por el mar profundo hasta su liberación. Sin querer crear lo nuevo, no seremos del Señor que abrazó la vida, muerte y resurrección para su propio momento histórico y en nombre de nuestro futuro. Sin embargo, Dios nos invita a tomar agua de la piedra que es Cristo. Así, acompañándonos los unos a los otros, dejamos de aislarnos y comenzamos a formar una comunidad de confianza y del diálogo de amor que es nuestra única descripción de Dios.
En el texto del Evangelio, Jesús oye acerca del asesinato de sus paisanos a manos del ejército de Pilato. El insiste en que Dios no provoca los accidentes ni los asesinatos. Al contrario, para Dios somos una planta preciosa de vida. Somos, a la vez, tierra y semilla. El auditorio de Jesús sabía muy bien que el asesinato y la tragedia con frecuencia se visten de gobierno y accidente, desfilando entre nosotros como si fueran el mismo centro a pesar de que no lo son. Su fuente no es Dios, sino el corazón humano ya distraído o corrompido.
Quizás nuestro pecado mayor ha sido ignorar nuestros dones y ver sólo nuestras fallas. Jesús nos dice que somos parte de la tierra viviente y de los árboles frutales sembrados por un Dios paciente y cuidadoso. Como el árbol y la tierra, estamos llamados a absorber y regalar vida.
Tristemente no nos vemos como un fruto de la constancia de Dios ni como una pieza necesaria para la continuidad de la historia. Tememos los pasos todavía no conocidos; pueden traer cambio y responsabilidad. Nos ofrecemos para servir, pero nos retiramos al surgir la oportunidad de crear algo nuevo según las líneas trazadas por nuestro ministerio.
No nos sembramos a nosotros mismos. Somos los hijos de una cultura, experiencia y fe de otros. Sean ellos padres de familia, profesores o compañeros, ellos han optado por compartir con nosotros su vida. La historia bien puede ser de Moisés que sale de Madián a Egipto o de San Pablo que ve su propia conversión y la de nosotros en el paso por el mar final. De todos modos, al final nos traen al día de hoy. ¿Seremos lo que Dios nos invita a ser o esconderemos nuestros dones y personas como una esperanza sin realizar o un sueño sin amanecer?
Si nosotros no sabemos la respuesta a esta pregunta, ¿quién la sabrá? Después de todo, ¿a quién le pertenece esta calle de doble vía?
