En el Evangelio para este domingo, Jesús parece enfadado y amenazador, y debemos hablar de eso.
“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” “Murieron aplastados por la torre de Siloé”; “Corta la higuera,” etcétera. ¿Estará el benevolente Señor que conocemos en realidad furioso y ofendido?
Vamos a ver.
A Jesús le llega la noticia de que Pilato ha matado a varios galileos. Como si eso fuera poco, Pilato ha vertido su sangre con la de los animales sacrificados. Sin duda hay que denunciar un relato tan repugnante.
Pero Jesús lo convierte en una lección para ellos:
¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos,
porque acabaron así? Os digo que no. Y si no os convertís, todos
pereceréis de la misma manera.
¿Cuál es la lógica aquí? Parece que uno no tiene que matar a la gente para ser castigado. Solo hace falta no arrepentirse.
Bueno, pues, ¿es Jesús de veras un salvador enojado? ¿Enojado de la misma manera que Dios en el Viejo Testamento? ¿Implacable, guerrero, furioso—un Dios que exige un sacrificio infinito para expiar los pecados de la humanidad contra un Dios infinito?*
Pero, al mirar la Primera Lectura, no encontramos a un Dios enojado. En su lugar, hallamos a un Dios tierno que llora las penas de su pueblo.
He visto la opresión de la mi pueblo en Egipto,
he oído sus quejas contra los opresores,
me he fijado en sus sufrimientos.
Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra.
Bello. Dios le enseña a Moisés cómo rescatar a la gente. Gran compasión desde lo más profundo de un Dios trascendente.
¿Acaso Jesús no tenía la misma compasión por su propia gente? Sí. Cuenta una parábola en la segunda mitad del Evangelio que podría ayudarnos a entender:
El dueño de una viña le dice al viñador que corte una higuera que no da fruto. El viñador le aconseja que la deje un año más para ver si, con algo de atención, no da fruto. Que le dé una última oportunidad
¿A quién simboliza el dueño despiadado? Damos siempre por sentado que él es Dios. Casi recordamos el relato en San Mateo 21:18-19, en el que Jesús llega a maldecir una higuera que no da fruto.
Pero aquí, en contraste, Jesús no es el dueño de la viña, sino el viñador, pidiendo compasión hacia la higuera desobediente.
Cuando Jesús proclama que la gente perecerá si no se arrepienta, nos grita a todos nosotros que regresemos a Dios para evitar la destrucción. Lo que hace es “asustar a las pobres ovejas para que se alejen del precipicio” (para parafrasear al poeta Hopkins en su obra “El hundimiento de la Deutschland”).
Tú y yo somos las ovejas.
Tenemos suficiente motivo para temer a Dios, por supuesto, ya que él es infinito y arde infinitamente más que la zarza que no se consumía. Pero cuánto más te acercas al centro de Dios, más se convierte tu miedo en gratitud. El fuego divino ni te quema ni te consume—te calienta y te reconforta en su hogar.**
El amor duro de Jesús nos lleva a ese hogar.
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autor de esta reflexión:
Fr. Juan Foley, SJ
