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La Tierra Santa de Ser
“Yo Soy me ha enviado a ustedes.”

La lectura de hoy que viene del Éxodo fue una de las favoritas de mi filósofo favorito, Santo Tomás de Aquino. Se puede seguir la historia con bastante facilidad, pero para Santo Tomás las implicaciones eran transcendentales.

Moisés cuida el rebaño. Ve una zarza envuelta en llamas sin consumirse y oye que alguien le llama desde la zarza. Cuando Moisés responde, “Aquí estoy,” alguien le advierte que no se acerque más. El lugar donde queda parado es tierra santa. Se encuentra con el Dios de Abrahán, Isaac, y Jacob, el Dios que ha venido para rescatar a su pueblo. Pero Moisés vacila: Y si me preguntan cómo se llama, ¿qué les digo? Dios le dice, “Yo soy el que soy. Y esto es lo que tienes que decirles: Yo Soy me ha enviado a ustedes. Éste es mi nombre eterno; éste es mi nombre para todas las generaciones.”

Esta parte del Éxodo comienza una narración de la relación entre Dios y los israelitas. Su Dios va a ser un Dios de una alianza libre, un Dios que intercede personalmente para salvarles. “Yo Soy” permanecerá con ellos para siempre.

Es verdad que hay otras expresiones que se usan para nombrarle a Dios, por ejemplo: “El Altísimo,” “Él que me ve,” “El Eterno.” Y hasta a esta expresión en particular se le ha dado varias interpretaciones, de “Yo seré quien seré” hasta “Yo seré lo que era.”

Pero Santo Tomás vio en la zarza ardiente una revelación del misterio más profundo de un Dios que jamás se podría ni nombrar ni concebir suficientemente con exactitud. No hay otra manera de hablar de quién y qué es Dios sin decir que Dios es la misma existencia. Ser. Dios es la tierra santa de ser. No existe al fondo del universo ninguna maquinaria que funciona sin pensamiento ni un proceso evolucionario. Lo que mueve a todo, de las estrellas a los corazones humanos, es un ser personal.

Si existimos, y no podemos crearnos a nosotros mismos, tiene que ser que Dios nos quiso dar vida por su amor.

Si bien se lo considera, el hecho de que existe algo es la cosa más maravillosa. La existencia es el dador y el don de todos los dones. No se podría conocer nada, si no existiera nada para conocer. No se podría amar a nada si no hubiera nada para amar. No existiría ni la realización, ni el deseo, ni la verdad, si no existiera ningún “ser.”

Así, en el gran éxodo de Santo Tomás de Aquino—su viaje teológico y filosófico que se titula la Summa Theologica—después de ofrecer sus cinco caminos a Dios, se concentra en la existencia misma como la palabra que mejor se aplica a Dios.

La existencia es el valor principal, el bien fundamental, la unidad con el mismo ser de Dios. Y como todos los otros seres tienen su propia existencia por don de Dios, nuestra existencia es nuestro valor y nuestro bien primordial. “Todo lo que existe es, como tal, bueno porque lo creó Dios.” Si existimos, y no podemos crearnos a nosotros mismos, tiene que ser que Dios nos quiso dar vida por su amor.

Dios no sólo crea y sostiene a todo ser vivo; Dios también crea todo tipo de ser que existe. Cada ser participa en una jerarquía de bondad y de valor intrínsecos. Toda especie es buena, no solamente porque en primer lugar existe, sino también por lo que es. Cada especie trae su propio tipo de bondad al mundo; y cada especie perdida sería una pérdida de la bondad. Toda la creación en todas sus formas sin número, es buena existencialmente.

Santo Tomás apreció la realidad personal como “el grado más perfecto del ser” porque refleja el “Yo Soy” de Dios: vida que se conoce a sí misma y que entrega al otro. No es ningún especie-ismo simplista, que degrada otros tipos de vida. Simplemente reconoce que la libertad, la inteligencia y el amor presentan un esplendor nuevo de bondad intrínseca y valor al mundo que sin las personas estaría carente de tal belleza.

Pero la existencia de criaturas personales como los seres humanos también presenta un montón de problemas al mundo. Nuestra bondad particular como seres humanos no sólo viene del hecho que existimos y que somos una clase especial. Presentamos una bondad moral al mundo, como nosotros con nuestra capacidad de inteligencia y de libertad, somos capaces de conocernos y de poseernos y por consiguiente podemos elegir llegar a ser la clase de persona que deseamos ser.

El mal, para Santo Tomás, no tiene realidad en sí. Sólo existe como parásito. El mal aparece sólo porque existen cosas buenas.

El mal físico es una deficiencia o falta de la realidad física de varios tipos de seres. Así, un caballo no valdría completamente si estuviera cojo. Una higuera estaría mala físicamente en la medida que no diera higos.

El mal moral, sin embargo, es una deficiencia o falta del tipo de ser humano que usted o yo hemos elegido libremente para que llegara a ser. Es la negación de nuestra verdad. Es un rechazo de nuestra bondad. Es una mentira radical sobre nuestra existencia.

Tal vez todo esto sea meramente especulativo. Pero, quizás estas meditaciones filosóficas lleguen a aclarar los misterios que transcurren a finales de la cuaresma. Esa vigilia radiante nos recordará de la tierra santa de ser: En la misma imagen de Dios, varones y hembras, nos creó Dios. Y como la gran marcha cósmica de las especies, El que nos dio el don de vida nos llamó buenos a nosotros, los seres humanos. Parece que lo hemos rechazado todo al estar tentados por el gran engañador, el más mentiroso de los mentirosos. Pero por la gracia benévola de “Yo Soy y permanezco contigo,” hasta el pecado mismo es dichoso.


John Kavanaugh, SJ
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.
El Padre Kavanaugh fue profesor de Filosofía en la Universidad de San Luis, Missouri. Su prematura muerte ha sido muy dolorosa para todos aquellos que le tratamos en su vida.
Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org