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La Palabra que nos compromete
Cuarto Domingo de Cuaresma
14 de marzo, 2021
John Kavanaugh, SJ

Siendo salvados por el favor amable de Dios
“Y no se debe a ustedes, sino que es un don de Dios.”

Cuando era preadolescente, me avergonzaban los letreros, algunos de ellos de neón chillones, que decían: “Jesús salva.” Me parecían tan primitivos. También recuerdo los programas que salían en la televisión los domingos por la mañana que terminaban piadosamente con, “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.” ¿Quién rayos sería tan arrogante como para hacer semejante afirmación? Y por mucho tiempo pensaba que cuando se ponía “IHS” sobre una tumba significaba “yo he sufrido,” un epitafio algo autoindulgente. No sabía que “IHS” se refería a Jesús.

Todo esto ha cambiado para mí—como ocurre, pienso yo, para todo creyente que sigue el viaje de fe, que sufre desilusiones y decepciones, que llega a entender que no hay manera bajo el sol en que podamos salvarnos a nosotros mismos.

Es verdad, podemos resistir la esperanza, podemos odiar la luz, podemos temer estar expuestos al amor y a la verdad en que se basa.
Nuestros sacramentos, nuestros ritos, nuestras oraciones y los Papas tienen poca importancia si Cristo no nos ha salvado, si Jesús no nos ha dado la promesa de una vida abundante, si de hecho no ha sufrido y muerto por nosotros.

Un día durante este viaje de fe, recordé lo fácil que es no entender a otros y ser incomprendidos en cuestiones de nuestras creencias. Mientras enseñaba un seminario sobre la filosofía de Sigmund Freud, un estudiante graduado que era un cristiano fundamentalista se encaró conmigo una noche después de la clase.

  “Creo que a ustedes los sacerdotes católicos les engañaron en el seminario.”

Por alguna razón, yo suponía que se ofendió por mi interpretación amistosa pero crítica de Freud. Me defendí diciendo: “Todos aprendemos mucho de los no creyentes.”

  “No me refiero a Freud,” me dijo. “Es la preparación que le dieron en el seminario que le ha alejado de la verdad.”

Recordando el pasado, no sé lo que me provocó a responder como lo hice, pero con un tono de resignación le suspiré: “No recuerdo bien lo que aprendí en los cuatro años de estudios teológicos, pero muy poco de la fe que tengo depende de esos estudios. Solo sé que mi vida no tendría ningún valor si no fuera que Cristo nos había salvado.”

Se quedó con la boca abierta. “¿De verdad cree usted que Cristo le ha salvado?”

  “Por supuesto. Si no fuera así, yo no tendría ninguna esperanza.”

  “Pero ustedes los católicos creen que los sacerdotes y los ritos les salvan. Creen que el Papa y la Virgen María les salvan.”

  “No, estas cosas son buenas, pero no importan para nada si Cristo no nos ha salvado.”

No podía creerlo. Supongo que pensaba que yo todavía era el niño avergonzado del letrero “Jesús nos salva.” Eso ya no me daba vergüenza. Era mi esperanza.

El pueblo de Judá guardaba semejante esperanza. Desde luego, no podían confiar en su propia rectitud. Los sacerdotes y la gente se dedicaban a acumular infidelidades. Amontonaron abominaciones. Se burlaban y se mofaban. Sólo un Dios bondadoso y generoso podría tener compasión por ellos, superaría sus infidelidades, y les sacaría del exilio. “Porque tanto amó Dios al mundo,” Jesús le dijo a Nicodemo, buscador en la noche, “que le dio a su unigénito Hijo.”

No es tan fácil de aceptar como aparenta a primera vista. Ser amado como un regalo libre, ser salvado por la misericordia de otro es un estado precario.

En un pasaje espléndido de la epístola a los efesios, San Pablo conoce bien nuestra desgana por confiar en el amor de Dios. Por eso se siente obligado a reiterar: “Repito, es por la gracia de Dios que disfrutan de la salvación por la fe. No se debe a las obras de ustedes. Es un don de Dios. Tampoco es una recompensa por cualquier logro que hayan conseguido.”

  “¡Ay, si pudiera ser por obra nuestra!” podríamos decir en momentos prósperos y felices. Nos encantaría señalar nuestros éxitos, nuestras virtudes y mejorías, nuestra seriedad en cumplir, nuestras confesiones ardientes o hasta los primeros nueve viernes. Pero no fue por obra nuestra, esta salvación. No viene de nuestros esfuerzos.

Por otro lado, en momentos de fracaso o de desánimo, podemos lamentar, “¡Ay de mí, no hemos hecho nada!” ¡Qué más quisiéramos que hubiéramos sido más dignos, ojalá nos hubiéramos esforzado más, ay si hubiéramos llegado a perfección personal!

Otra vez, desgraciadamente no entendemos. Tropezamos en la oscuridad, privados de la esperanza que nos dieron nuestros proyectos, despojados de nuestros planes que nos podrían haber salvado, purgados de pretender que no necesitábamos la redención. No nos damos cuenta de que, cuando reconocemos la inutilidad de nuestros esfuerzos, llegamos al momento de la conversión. Es la misma invitación a abandonarnos a la gracia divina.

Es verdad, podemos resistir la esperanza, podemos odiar la luz, podemos temer estar expuestos al amor y a la verdad en que se basa. Y nuestra resistencia puede interponerse entre nosotros y el amor de Dios como se reveló en Jesucristo. Podemos rehusar la gracia que siempre está presente.

Como hombres y mujeres de fe, nuestra obra principal y nuestro mayor esfuerzo no es la salvación.Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Por esta gracia ustedes son salvados.”

Juan Kavanaugh, SJ
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.

El Padre Kavanaugh fue profesor de Filosofía en la Universidad de San Luis, Missouri. Su prematura muerte ha sido muy dolorosa para todos aquellos que le tratamos en su vida.


Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org