Todos conocemos el miedo y el sufrimiento.
Pocas veces nos ha tocado compartir ese miedo y ese sufrimiento con tanta gente. La Pandemia nos ha conectado. Somos una comunidad humana que sufre. Hemos experimentado el miedo a la muerte y la muerte, la enfermedad, el dolor, la separación, la pérdida, la ansiedad, la inseguridad, el aislamiento y a veces lo más doloroso ha sido la soledad. Hemos puesto a prueba nuestras relaciones personales; a aquellos que nos importan en la vida: nuestras familias, nuestras parejas, nuestros amigos y compañeros de trabajo, escuela y otros grupos a los cuales pertenecemos.
Y todos los creyentes oramos y suplicamos a Dios que nos proteja. En ocasiones oramos con confianza, con esperanza y con calma. En otras ocasiones oramos con desesperación, con dolor y con lágrimas.
Pero oramos.
Somos los hijos de Dios, orando y pidiendo a nuestro Papá, que nos
guarde, que nos proteja, nos cuide, nos mime y nos consienta.
La lectura de la carta a los hebreos, nos ayuda a conectar de una manera íntima con la figura de Jesús y nos recuerda las múltiples veces en que estuvimos en la posición similar a Él. Conectamos con Jesús humano desde nuestra propia humanidad.
Jesús también estaba pidiendo; suplicando a Dios que no lo dejara morir, que lo librara de la muerte. Es este, ¡sálvame! que tantas veces nosotros pedimos también. Pensamos que si nos ama nos librará de sufrir.
Es difícil escuchar esta súplica a Dios para que lo libre de la muerte y lo más duro de esta lectura es el hecho de que dice que “fue escuchado por su piedad”.
Esto significa que nosotros también somos escuchados por la “piedad” de Dios. Que Dios escucha nuestros lamentos y que Dios escucha nuestras oraciones.
Mas, sin embargo, a pesar de que somos amados por Dios, hay ciertas cosas en la vida, ciertos dolores, ciertos sufrimientos por los cuales tenemos que pasar, no podemos evitar. Y esto no significa y no se trata de un nivel de amor superior o inferior de parte de Dios a nosotros.
¡Qué difícil es aceptar esto!
En la carta a los hebreos, Pablo nos recuerda:
Hermanos: Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.
Somos invitados a ser hijos que aprenden a “obedecer padeciendo”.
Somos criaturas que sufren, experimentamos muertes que tenemos que aceptar y de las cuales no nos podemos ni vamos a librar. No hablo necesariamente de muerte física, la cual tenemos que eventualmente también aceptar. Hablo de renuncias. Sufrimos también por todo aquello a lo que tenemos que renunciar en la vida; lo que deseamos con todo el corazón y queremos con todas nuestras fuerzas. Y reconocemos que tenemos que encontrar el propósito y el valor de nuestras vidas con esas ausencias, con esas renuncias; “obedecer padeciendo”.
Más tenemos la confirmación de que mientras estamos sufriendo o pasando por momentos difíciles:
Dios padre está presente en nuestras vidas y nos está escuchando.
Dios hijo entiende perfectamente por lo que estamos pasando.
Y Dios Espíritu Santo nos está ayudando a entender porque estamos padeciendo lo que estamos padeciendo se va a encargar de sacar provecho de lo que estamos pasando y de alguna manera transformarlo en nueva vida para que le saquemos provecho.
El sufrimiento cataliza nuestra realidad humana. Cuando vivimos en el amor de Dios, el dolor tiene el potencial de purificación, puliéndonos para aumentar en nosotros el amor, la virtud, la sabiduría y la fortaleza. Ahora, no hay razón para andar por ahí buscando mortificación. El sufrimiento no es algo que se busca, hay ya bastante y no tenemos que esforzarnos para encontrarlo, nos los entramos en el camino. Padecer sufrimientos no es algo que pedimos, sino algo que reconocemos y aceptamos.
Acercándose el momento de su pasión y su muerte, Jesús también sintió miedo. Más lo reconoció, lo aceptó.
“Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre”.
Ahora, no estamos llamados a aceptar todo sufrimiento sin resistirlo, sin luchar en su contra. Al contrario, luchar en contra el sufrimiento en este mundo es parte de nuestra lucha en contra de la muerte y de la oscuridad. Seguimos orando y rogándole a Dios, para que nos proteja y nos libre de todo mal. Es precisamente porque sufrimos que luchamos en su contra. Es indispensablemente desde nuestra experiencia de sufrimiento que conectamos con el dolor de otros y podemos ayudar a otros a superar su dolor.
Le damos gloria a Dios, cada vez que, porque sufrimos, podemos ayudar a otro ser humano y causa de salvación. Que utilizamos nuestras experiencias de sentir miedo, dolor y sufrimiento para dar vida a otros. Y así, damos a este mundo una pequeña muestra de la redención de Jesucristo en nuestras propias vidas. Nos unimos a Cristo y nos volvemos un pequeño Simón de Cirene; le ayudamos a cargar su cruz.
Teniendo presente esto, le oraremos a nuestro Padre Celestial en nuestros momentos de miedo y desesperación de la siguiente manera:
“Ahora que tengo miedo…Padre, dale gloria a tu nombre”
Dios me los Bendiga y Seamos Santos.


