El evangelio según Juan es una celebración de la Palabra de Dios en nuestra carne; Jesús de Nazaret, más que mensajero, es el mismo mensaje definitivo de Dios a la humanidad. “Gaudium et Spes”, posiblemente el documento más importante del Concilio Vaticano Segundo, extiende esta idea, diciendo que la Iglesia es nuestra oportunidad para vivir como la misma humanidad consciente y activa que Dios vive en Jesús. Nosotros, a veces vagos de propósito y entendimiento, debemos definirnos al enseñar a un niño, conversar con un amigo o escribir un ensayo.
En el evangelio según Juan, seguir a Cristo es algo concreto y particular. En la vida de Jesús hay un discípulo a quien él ama, una María que lo abraza, la fiesta de un pariente casado, un pozo que le presta un momento de descanso. No hay abstracciones en el Evangelio. Si esto no es también nuestra verdad, no somos los discípulos de Jesús. Un jardín se celebra por las flores individuales que sembramos.
La narración evangélica de Juan jamás pierde su intimidad. Dos veces ella nos cuenta la hora del día. Hoy, Jesús insiste en que no estaremos solos. El Espíritu de Dios que anima nos defenderá en todo momento. Su imagen es del Dios libre que nos acompaña; no nos tira nuestras estupideces en cara ni nos dice que nos ama aunque seamos pecadores. Sólo dice que nos ama. Dios comunica a nosotros el mismo Espíritu identificado por Jesús como el abogado defensor. El poder del Espíritu es el amor que logra todo.
La presencia de Jesús en Juan y las parábolas de los otros evangelistas nos indica lo necesario para seguir a Jesús. Juan enfoca todo en el mandamiento de amor. Los otros textos nos invita a aceptar los cambios que traerá el reino de Dios. Sin embargo, nuestro éxito depende del abogado que nos acompaña en las crisis como también en las resoluciones. Pronto celebraremos el festival del Espíritu, la fiesta de Dios como don y del Defensor que organiza y libera a todo pueblo convencido de las posibilidades ofrecidas por la resurrección.
Antes del Pentecostés, debemos preguntarnos si estamos abiertos a las oportunidades ofrecidas en esta sociedad de cambios. El Espíritu busca a personas que se reúnen para crear algo nuevo, no por miedo sino por amor.
El amor es el don precioso, buscado y apreciado, y quizás responde a la preocupación y desafío del Evangelio. Sólo el amor provoca obediencia y la obediencia amorosa crea un mundo nuevo. Cualquier otra cosa sólo frustra. La Palabra de Dios es obediente, encarnada por amor; viviendo en una sociedad corrupta por amor, liberando a culturas esclavizadas y escribiendo una historia nueva con los pueblos por amor. Como Juan lo explica, la persona que ama vivirá en Dios, y Jesús vivirá en ella. Para Juan el amor es obediente porque escoge celebrar en nosotros el reto y acompañamiento que atraen todo lo que Dios ha prometido a la humanidad.
En dos semanas, se celebrará el Espíritu que, con el tiempo, establecerá el reino de Dios. ¿Estamos dispuestos a abrazar el Espíritu y hacer que este Diosconnosotros sea la respiración que sostiene nuestros esfuerzos? ¿Cuándo aceptaremos este don que nos enseña nuestras habilidades y facilita nuestro movimiento? No habrá entre nosotros ni viejo ni joven, sólo la experiencia y la fe, una mutualidad y presencia en todos los que se preocupan por tener un mundo sin la violencia de sus ejércitos y la mentira de su diplomacia.
¿Estamos dispuestos a vigilar para notar los signos del Espíritu en la vida, el trabajo y la comunidad? ¿Cuándo entenderemos la acción del Dios que nos perdona, nos ama y nos hace su familia? No podemos tener a Dios como Padre sin aceptar a toda la humanidad como nuestros hermanos. Hoy, ofrecemos la Paz de Cristo al vecino que está al lado. Estos sí son nuestra familia; aquí se celebra el principio y el propósito final de nuestra vida.

