El pueblo de Israel estaba tratando de lidiar con algo que no entendían y que les asustaba. Algo que estaba afectando su población y ellos no sabían como curar: la lepra.
Una enfermedad que hoy en día puede ser curada con antibióticos y cuidados; hoy en día, tener lepra, no es una condena de muerte.
Mas las infecciones siguieron asustando a muchas generaciones y la lepra siguió siendo una enfermedad crítica por muchos siglos. San Damián de Molokai hizo su misión, trabajar con leprosos en una isla de Molokai, Hawái en el siglo 19. Y para el siglo 19, todavía no había cura. San Damián murió de lepra, cuidando a aquellos que la sociedad había decidido aislar, ignorar y abandonar, Murió en el 1889 como uno de ellos. No fue sino hasta el 1928 que Alexander Fleming descubrió la penicilina y con ello cambió el rumbo de la medicina.
La cura para la lepra se encontraba en la naturaleza, existía ya en el mundo, solo había que descubrirla. Y nos tardamos unos cuantos siglos para eso.
Para el virus de COVID19, tomamos medidas similares a el libro de Levítico. Al igual que miles de años atrás, las personas tienen que ser examinadas y declaradas enfermas. (“Impuros”) Tienen que dejarle a los demás saber que está enfermo, taparse la boca y aislarse de la sociedad mientras la enfermedad dure. Y al igual que la lepra, con el COVID19, las personas son separadas de sus familias y tristemente, muchas mueren solas.
Gracias a Dios que esta vez, no tenemos que esperar siglos para encontrar una cura, tenemos la esperanza de la vacuna.
Mas aún con la vacuna, seguimos perdiendo vidas. Personas que no saben cuando podrán vacunarse. La vacuna favorece a países pudientes y deja a otros esperando por la cura.
En el evangelio vemos al hombre leproso acercarse a Jesús. Se acercó a Jesús con la certeza de que Él tenía la cura; la solución a sus problemas. El hombre leproso se acerca a Jesús y le dice: “Si tú quieres, puedes curarme” y a esto Jesús le responde: “¡Sí quiero! ¡Sana!”. El hombre sabía que Jesús tenía el poder. Pero lo más importante de esta historia es que Jesús quería sanarlo.
Así como en el evangelio vemos al hombre leproso acercarse a Jesús, vemos mucha lepra y leprosos en este mundo. Se llama diferente. ¡Sí, tenemos el COVID19! Y tenemos la responsabilidad de velar que nuestros hermanos y hermanas menos afortunados también reciban la cura; la vacuna. Mas no es la única lepra de hoy en día. Tenemos la lepra de la pobreza, la falta de educación, la falta de justicia, el hambre, los prejuicios, las adicciones, la contaminación y los explotadores humanos.
No podemos sentarnos y como “el sacerdote Aarón” conformarnos con declarar todo lo “impuro” de este mundo. No podemos conformarnos con condenar y aislar de nuestra vida todo lo feo, lo imperfecto y lo que esté mal o nos asuste. No podemos barrerlo debajo de la alfombra para no verlo. Ignorar o excluir no es una solución. ¡Somos responsables! Tenemos que querer sanar a este mundo. Y si nos esforzamos, nosotros también podremos encontrar la penicilina para lo que nos está infectando. Muchos de los males que nos infectan son físicos y pero mucho peores son los espirituales. Hoy en día, sufrimos de una terrible infección de racismo, odio y exclusión del otro.
Pasa, que hay muchos que con buenas intenciones hacen daño, con una limitada visión de la bondad de Dios. Puede que tengan en su corazón el compromiso por sanar a este mundo. Pero a diario vemos que no podemos sanar a otros cuando nosotros somos los que estamos enfermándolos. En esto, muchos, tarde o temprano, podemos sorprendernos. Los que estamos enfermos, a veces, somos nosotros. Y la realidad es que si queremos sanar al mundo tenemos que estar abiertos a esta posibilidad.
Que a veces no hay nada de malo en el otro, sólo nuestra visión del otro es la que se ha enfermado. Así, sanando nuestra visión del otro, dejamos de temerle. Ya el otro no es contagioso, y no amenaza nuestro bienestar.
Mucho del daño comienza, teniendoles y sintiéndonos amenazados. Y es que al dejar de temer, finalmente dejamos de hacerles daño; dejamos de ser su enfermedad. ¡Tenemos ese poder!
Así como la cura de la lepra ya existía en la naturaleza, sólo había que descubrirla. la solución a los problemas de este mundo, también están a nuestra disposición, sólo tenemos que desear descubrir las soluciones, las curas.
Y mientras, el mundo sigue diciéndonos: “Si tú quieres, puedes curarme” y solo espera que nosotros digamos “¡Sí quiero! ¡Sana!”
Dios les Bendiga y Seamos Santos.


