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La Palabra que nos compromete
Sexto Domingo
del Tiempo Ordinario B
14 de febrero, 2024
John Kavanaugh, SJ

Vivir por las apariencias
“¡Impuro, impuro!”

Granos. Flemones. Fealdad. Arrugas. Obesidad. Lesiones. Heridas abiertas. Erupciones. Manchas. Imperfecciones. Desfiguración.

Pensar en tales aflicciones le puede poner a uno nervioso—particularmente en una cultura que da importancia a las apariencias y a las primeras impresiones. Aunque es posible que toda cultura valore el bien vestir y las cosas arregladas y ordenadas, parece que nuestra cultura sigue al pie de la letra el viejo lema publicitario: “El bien vestir es todo.”

El Evangelio nos invita a entrar en el misterio de nuestras propias discapacidades.

Cuando alguien no está bien arregladito es desastroso. Es como ser extraño, la cara del otro, del marginado y excluido. Las imperfecciones físicas nos parecen ineludibles puesto que nuestras apariencias son evidentes e inmediatas.

La manera de presentarnos, nuestra apariencia, al mundo exterior es la única manera de salir, la única manera de mostrar cómo somos. Sin embargo, las apariencias mismas pueden ser barreras que nos contienen al mismo tiempo que alejan a los demás.

Quizás sea esto el secreto del impacto de las historias de los leprosos. Primero, la palabra “leproso” nos asusta tanto, aunque hoy en día ya no la oímos mencionar apenas, salvo en las sagradas escrituras.

Sea como sea, es probable que la palabra hebrea sara’at y la palabra griega
lepra
, que se traducen como “lepra,” no se refieran al padecimiento que se conoce ahora como la enfermedad de Hansen. La dolencia a que se refiere la Biblia es, al contrario, de un defecto visible, tanto si es en la piel de una persona, en las paredes de una casa, o en una tela y en el cuero. Es desorden de superficies, una desfiguración exterior, una imperfección de fachada. Y no parece quitarse nunca.

Como es algo bien visible, facilita la exclusión. Su presencia representa una amenaza continua de contaminación. “Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento."

Los defectos exteriores se ven en seguida. No hay manera de esconderlos, a no ser que uno se esconda a sí mismo. No se pueden disimular. Es imposible negarlos. Están ahí mismo. Lo único que se puede hacer es admitirlos.

Tal vez sea una ventaja que tienen los discapacitados físicos sobre los discapacitados mentales. Por lo menos saben que tienen problemas: Es irrefutable. Por lo menos no pueden disimularlo: Es innegable. Por lo menos saben que necesitan que alguien los cure. Admitir la verdad es el primer requisito para poder cambiar.

  “Si quieres, puedes limpiarme." "Quiero: queda limpio.”

La paradoja de nuestra fe es que requiere que mantengamos la perspectiva que menos nos gusta: la de aceptar nuestras discapacidades humanas. No es solamente cuestión de no poder salvarnos. Somos profundamente imperfectos. Y no podemos ocultarlo con todo el maquillaje del mundo.

Tal vez deseemos presentarnos un día ante Dios como si fuéramos botellas de leche, limpias, pasteurizadas, y no contaminadas: una falsa ilusión. Porque no sólo es una aspiración imposible; pierde de vista todo el propósito de la vida redentora de Cristo.

El Evangelio nos invita a entrar en el misterio de nuestras propias discapacidades, escondidas o visibles. No debemos temer esos momentos de ser “leprosos” secretos, lo de nuestro ser que tenemos escondido y encerrado: Nuestros fracasos y pecados, nuestras vanidades y decepciones, nuestros celos y fraudes. Él extenderá la mano y nos tocará allí. Sólo nuestra negación impide que nos limpie.

El Evangelio también nos invita a entrar en el mismo ser de Cristo. Si es verdaderamente nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida, entonces adoptamos su persona como nuestra. Nosotros también podemos sanar. No debemos temer a los heridos físicamente que nos recuerdan de nuestra debilidad humana. Los excluidos y los marginados, los aislados y escondidos, esperan que les toquemos. Los ancianos y los enfermos no deben amenazarnos si dejamos que den testigo a nuestra incapacidad común de enfrentarnos invulnerables al mundo.

Todos nosotros somos ancianos. Todos nosotros somos débiles. Todos nosotros somos verdaderamente discapacitados. Es que algunos de nosotros sabemos disimularlo mejor que los demás.

La oración del leproso llega a ser nuestra cuando nos damos cuenta que nuestras aflicciones—las interiores aún más que las exteriores—no son para esconder y reprimir tanto como para transformar. para nosotros.

  “Señor, no soy digno/a de que vengas a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”

Comulgar no es solamente el sacramento por el cual se transforma nuestro cuerpo. Es también el momento cuando Él nos responde: “Por supuesto, quiero sanarte.”


Juan Kavanaugh, SJ
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.

El Padre Kavanaugh fue profesor de Filosofía en la Universidad de San Luis, Missouri. Su prematura muerte ha sido muy dolorosa para todos aquellos que le tratamos en su vida.


Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org