Jesús entiende profundamente el corazón humano y las normas que lo rigen.
La Primera lectura nos da un indicio de ello: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo,” y “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.”
De acuerdo, ¿pero cómo es el amor de Dios?
El salmo responsorial lo dice así:
El Señor es compasivo y misericordioso. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
Un retrato muy reconfortante de Dios. Nosotros también podemos amar así, si nos dedicamos a ello. ¿Verdad?
Pues, miremos el Evangelio, donde Jesús nos da sus propias normas. Así como lo hizo el domingo pasado, cita las antiguas leyes, y después las abre ante nosotros para que veamos su plenitud.
• La antigua ley: “Ojo por ojo, diente por diente.” La nueva ley: no hagáis frente al que os agravia...al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa...al que te pide prestado no lo rehúyas.”
Puede que sí. Aquella gente de veras era pobre. No debo darles la espalda a los pobres, ¿verdad? Debía colmarles de bondad y compasión. ¿Pero no sería ingenuo por mi parte hacer eso? ¡Socorro!
• Antigua norma: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.” Nueva norma: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian.” El Padre celestial ama y recompensa a los malos y los buenos, los justos e injustos. “Sed perfetos como vuestro Padre celestial es perfecto.”
Seamos sinceros, ¿eso no es absurdo? Comparados con Dios, somos tan pequeños como las hormigas, arrastrándonos sobre las enormes rocas que se desprendieron en el momento de la Gran Explosión. ¿Cómo vamos a ser tan perfectos como Dios? Jesús tendrá que ofrecernos unas ideas muy profundas y satisfactorias sobre el corazón humano y las leyes que lo rigen.
Y de hecho lo hace. “Sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros.” (Segunda Lectura) Déjame traducir eso. Dios crea el corazón humano con un agujero, una apertura que puede dejar pasar a nuestros prójimos si no se lo impedimos con nuestro egoísmo y si nos orientamos hacia ella. ¡Hasta podemos permitir entrar a Dios! El extenderá nuestros pobres brazos hacia los demás para que de veras seamos generosos con ellos por amor.
Hasta dice eso en su Ascensión.
Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Un aviso: ¿entonces debo darle algo a un “mendigo” que trabaja para una organización criminal? A lo mejor, no. No es por su bien. ¿Debe una esposa quedarse en la casa donde su esposo la golpea cada dos por tres? La respuesta es no, porque esto no es “dar por amor,” sino intentar arrimarse a un perro rabioso.
El amor verdadero es lo que buscamos, el amor que Jesús describe y hacia el que Dios nos atrae.
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Fr. John Foley, SJ

