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Señor que amas la Vid

Según Isaías, el Mesías vendrá para liberarnos de las tinieblas y la apatía. La promesa de liberarnos ha sido la compañera constante y crítica de los dictadores y demagogos a lo largo de la historia. Siempre hay quien nos ofrece la libertad; sus promesas pesan al oído y agotan el corazón de los que han escuchado y creído. La cuestión permanece: “Para qué o quién nos quieren liberar?” 

Nuestra justicia construye cárceles y borra a los que cuestionan sus motivos.

Isaías insiste en que el Mesías será diferente y traerá justicia para todos. Vale aclarar las diferencias entre las promesas políticas y las mesiánicas, entre la justicia de Dios y la nuestra. Según el texto, el Mesías no amenaza con castigos ni encarcelamientos. Al contrario nos garan­tiza la oportunidad de andar a la luz del día y mobilizarnos. Los ciegos y los presos, siempre la gente que está a la sombra, caminarán entre nosotros.

Al contrario, nuestra justicia intenta aislar, no sólo a los violentos, sino también a otros marginados que molestan a la sociedad. Nuestra justicia construye cárceles y borra a los que cuestionan sus motivos.

Como nación hemos decidido remover a las personas con problema por la detención y la desaparición. Siendo nosotros buenos capitalistas, hemos hecho de esta horrorosa necesidad una fuente de ingresos para la empresa privada. Las cárceles nuevas no son del gobierno, sino de compañias que buscan ganancias.

Hace varios años, Eric Schlosser publicó un artículo en la revista Atlantic Monthly sobre las cárceles en este país. Las estadísticas que resultaron de su estudio son interesantes. Se gastan 35 mil millones con el negocio de las prisiones. Aunque el porcentaje de crímenes se ha bajado en 20%, se ha aumentado en 50% la población de los encarcelados. 70% de los prisioneros son analfabetos; 60 a 80% sufren de alguna adicción, 200,000 sufren de una enfermedad mental. Uno de cada cuatro jóvenes de ascendencia afroamericana será encarcelado durante su vida. La cantidad de mujeres encarceladas desde 1970 ha aumentado doce veces. 80% de estas mujeres no han cometido crímenes de violencia que merecen la condena recibida. El gobierno gasta 20,000 dólares cada año para mantener a cada encarcelado. Lo triste es que nadie pensaba invertar este dinero en la educación, salud o desarrollo de estas personas antes de comprometerse ellas con el crimen y el castigo.

Estas estadísticas son antiguas, pero sólo se han aumentado los números por los años de su existencia. Lo triste es que nunca se desaparecen ni ellos ni su significado de sufrimiento personal y familiar.

La detención y la desaparición tienen muchas formas en diferentes países. En esta nación, su máscara es el gran jurado que permite el encarcelamiento sin acusación jurídica. Otros gobiernos dan otras opciones. Pocos aquí aprecian lo que es desaparecerse porque alguién del gobierno quiere que sea así. La Amnestía Internacional posee archivos grandes con los nombres de personas que bajaron de un avión, salieron del salón de clases o su oficina, caminaron por un pasillo buscando un café o un paquete de cigarrillos para desvanecerse detrás de las paredes de una celda oscura.

Es aterrorizante la experiencia de sr llevado a una oficina de la supuesta seguridad nacional en un aeropuerto y tener que dar su nombre, contestando las mismas preguntas repetidamente a todas las personas que sólo desean provocarle el terror de la desaparición que le espera. Hacía tres meses, otro sacerdote, un amigo suyo, había sido desaparecido de su comunidad en los campos de Veraguas. El gobierno consideraba sospechoso todo esfuerzo organizador y actuaba siempre para provocar el terror.

Durante los años “60”, Bobby Rush, hoy representante al Congreso Estadounidense,era miembrode un grupo militante en contra de la discriminación racial. Los dirigentes principales de la organización fueron asesinados por los oficiales del procurador de Illinois sin piedad y durante su sueño. El representante Rush escapó esta abominación sólo por­que no llegó para dormir allí esa noche.
Otra gente se elimina por hacerla invisible. El presidente Franklin Roosevelt, obtuvo la ley protectora para los sindicatos industriales sacrificando a los trabajadores del campo. Es sólo la presión de otros grupos que logra conseguir una justicia aunque mínima para los migrantes que recogen las cosechas de la nación.

La línea que se traza entre la justicia y la injusticia es siempre delgada, muchas veces también borrosa y aprovechada por los que tienen el poder, por los mismos que pretenden conducir­nos a “una vida mejor”. Ya ha llegado la hora precisa para escuchar con más atención la poesía de Isaías y analizar con sus normas críticas lo que hacen las instituciones como el Vaticano y otras iglesias, nuestro gobierno y los de otros países en nuestro nombre. Después hay que preguntar: ¿Qué nos pide realmente el Mesías justo de Dios?

Donaldo Headley

Donaldo Headley se ordenó al sacerdocio en 1958. Se graduó con MA en filosofía y STL en teología de la Facultad Pontificia del Seminario de Santa María del Lago en Mundelein, Illinois.


Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org