Cuando pensamos en el Bautismo del Señor, la pregunta más común es: ¿porqué Jesús pidió ser bautizado, si no tenía pecado?
Y tengo que admitir hace sentido la pregunta. Parece innecesario y observamos esto en la reacción de Juan. “Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?”
El bautismo de Juan no es el mismo que el que los cristianos tenemos. Jesús en su bautismo iniciaría el nuevo bautismo. Cuando Juan bautizaba, significaba arrepentimiento y un acto de purificación. Diferente al bautismo de Juan, el bautismo de Jesús envolvería la fuerza Trinitaria del Espíritu Santo.
Jesús se bautizó para volver el bautismo un sacramento. Gracias a Jesús, nuestro bautismo nos incorpora al cuerpo de Cristo, la Iglesia, por la gracia del Espíritu Santo.
Así mismo como la encarnación muestra como Cristo tiene que entrar a nuestra dimensión humana para salvarnos. Cristo tiene que participar en el acto de ser bautizado para poder incorporar en el su divinidad; convertir el bautismo en un sacramento; que nos incorpora a Jesús mismo.
Esto es parte del plan de salvación.
Esto es difícil para nosotros entender hoy en día, imagínense a Juan el Bautista tratando de entender esto.
Cuando Jesús trata de explicar esto a Juan le dice: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”.
En otras palabras Jesús quería decirle a Juan que estaba complaciendo a Dios.
Cuando Juan accede a bautizarlo, enseguida se manifiesta Dios, revela la Trinidad, confirma que Jesús es su hijo y que Jesús estaba complaciéndolo. “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.
En vez de las aguas limpiar a Jesús, Jesús limpia las aguas; en vez de Jesús recibir el Espíritu Santo, Jesús instala el don del Espíritu Santo en el sacramento del bautismo. Jesús se da para que nosotros podamos recibir.
A su vez, nuestro don del bautismo nos invita a hacer lo mismo que Jesús: a complacer al Señor; volvernos sus siervos.
Cada bautizado recibe la gracia del Espíritu para, como dice Isaías, “que haga brillar la justicia sobre las naciones.” Para que sea “luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. Y logramos todo esto porque Cristo complace al Señor y porque aceptamos nuestra propia invitación de complacer al Señor.
Esta apertura y deseo de complacer al Señor, nos abre a que la fuerza del Espíritu reine en nuestro ser. Y si le permitimos al Señor alcanzarnos podemos afirmar que el profeta Isaías también habla de nosotros cuando dice: “Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado” “Miren a mi siervo, a quien sostengo,a mi elegido, en quien tengo mis complacencias.”
Dios me los Bendiga y Seamos Santos.