¿Por qué le bautizaron a Jesús? Aún para la Iglesia antigua, mientras se formaba el canon de las mismas sagradas escrituras, parece haber sido una cuestión discutible. Si Jesús va ante Juan para recibir “el bautismo de contrición,” parece que Jesús mismo es pecador. La narración del Evangelio de San Mateo sugiere que es así cuando Juan expresa su reticencia: “Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y vienes tú a mí?”
El Evangelio de San Marcos comienza con la proclamación de San Juan, “para el perdón de los pecados,” y la promesa que “viene uno más fuerte que yo.” Justo después, vemos a “alguien,” ante quien Juan no es digno de postrarse para desatar la correa de sus sandalias, que recibe la señal de la contrición de Juan en vez de darla.
No sólo es una ironía especial. Es la imagen central del misterio redentor. Jesús entra en una solidaridad radical con todos los hombres y mujeres, tomándose hasta nuestra condición pecaminosa, sin haber pecado él mismo. “El más fuerte” toma la posición de debilidad. Es precisamente por esto que es amado. Y es de esta señal del bautismo que fue envíado.
Fue como nosotros en todo menos en el pecado, nos recuerda el autor de la carta a los hebreos cuando trata del sumo sacerdocio de Jesús. Y aún resistimos esta declaración, “Si no pecó, ¿cómo podría ser como nosotros de verdad? ¿Cómo podría ser totalmente humano?”
Lo entendemos mal porque entendemos mal nuestra humanidad tanto como nuestro pecado. Cristo ha venido no sólo para revelarnos la divinidad; ha venido a revelarnos a nosotros mismos. No sólo es Dios verdadero. Es verdaderamente humano. Y es verdaderamente humano precisamente porque no peca. Todos nuestros pecados no son nada más que el rechazo de la verdad de nuestra humanidad. Al aceptar totalmente nuestra humanidad, al beber de nuestro cáliz completamente, al compartir nuestra condición herida, revoca nuestro rechazo pecaminoso de nuestro estado de criatura.
Su bautismo, entonces, es la esencia central de su misión de sanarnos. Penetra hasta incluso las heridas de nuestra auto-repulsión, sin haber hecho el rechazo Él mismo. Acepta solidaridad completa con nosotros aunque resulte que le tomen por pecador. El bautismo de Jesús es una de las primeras grandes transformaciones de nuestra condición humana. La primera fue que la Palabra misma se hizo carne. Todas las otras implicaciones seguirían: que le tentarían que rechazara la misión de transformación; que se haría cargo de todo tipo de curación y de desarme de los demonios; que proclamaría un reino que transmutaría toda ceguera, pobreza, encarcelamiento, y oscuridad; que, por fin, sufriría el mismo destino del pecado en la muerte.
Así como nosotros ahora bautizamos a nuestros hijos para proclamar un nuevo destino para el cuerpo humano, el bautismo de Jesús es la inauguración de ese destino. Proclamado como pecador, totalmente unido con nuestra condición, Jesús, acompañado por el Padre que lo envió y que ahora le dice—y todos nosotros que compartimos su carne—“Tú eres mi Hijo amado, estoy muy complacido contigo.”