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Reflexiones
Natividad del Señor
25 de diciembre 2012


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Llamados a Celebrar Nuestra Humanidad Compartida

Ahora nos encontramos en el puro centro de la navidad o, mejor dicho, en medio de la misma Encarnación. Los regalos ya se han abierto, las comidas festivas ya las hemos saboreada sin límite alguno, y nuestra desvelada de media noche ahora ya es un recuerdo grato.

Lo que ha sido un tiempo de gran anticipación, compras, corridas de aquí para allá, arreglos de último momento, y mandos de tarjetas navideñas ahora se transforman en un breve momento de contemplación: El Niño Dios está en un pobre pesebre.

El Niño Dios nace para nosotros y nace para ser nuestra salvación esperada (Isaías 62:11-12). Ahí cerca a su madre María y a su padre José, el Niño espera nuestra mirada y recibe nuestro júbilo.

Para los que miran atentamente el Niño es la luz que brinda la justicia y harmonía completa: “¡El Señor reina, alégrese la tierra, regocíjense las islas numerosas! Los cielos proclaman su justicia y todos los pueblos ven su gloria...La luz ya asoma para el justo y la alegría, para los de recto corazón” (Salmo 97: 1, 6, 11).

Para los que miran con gran gratitud, el Niño es el mismo don divino que llega a nuestros corazones, hogares, ciudades y civilizaciones. El don de Dios que no se ha merecido o ganado con esfuerzo humano, pero que eleva nuestra propia humanidad. Como nos lo recuerda Pablo: “Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó” (Tito 3: 4-5).

Para los que miran con gran contemplación, el Niño es la misma invitación al la evangelización propia. Como los pastores que corren a ver al Niño nacido y salen a compartir la buena nueva, así cada uno de nosotros tenemos que hacer lo mismo (Lucas 2:15-20).

Con el Niño en nuestros corazones, nosotros tenemos que correr a todo el mundo y todo hogar para compartir el júbilo, la justicia, el amor, y la abundancia que recibimos en el humilde pesebre. Con nuestros corazones repletos de la presencia de Dios—hecho hombre—tenemos que ir a todo lugar a anunciar y celebrar nuestra humanidad transformada.

Cierto es, El Niño Dios está en un pobre pesebre. Ahí sencillo, humilde y atento, el Niño también devuelve nuestra mirada. En su corazón también se encuentra la esperanza completa; en su pequeñez la grandeza de nuestra humanidad es posible.

Y como su madre María, mirándonos en este momento de silencio y reconocimiento mutuo, guardamos todos estos acontecimientos para así volver a ellos en lo más profundo de nuestro interior. El don que en este día recibimos, es para guardar y meditar por el transcurro de toda nuestra vida. Cierto es, El Niño Dios nos llama a celebrar nuestra humanidad compartida.

F. Javier Orozco, SFO, PhD

F. Javier es un teólogo y educador católico. Presentemente trabaja como director del ministerio hispano para la Arquidiócesis de San Luis, Missouri. Sus estudios son en filosofía y teología.

Derechos de Autor © 2012, Javier Orozco
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Arte de Martin Erspamer, O.S.B.
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org/