Ahora nos encontramos en el puro centro de la navidad o,
mejor dicho, en medio de la misma Encarnación. Los
regalos ya se han abierto, las comidas festivas ya las
hemos saboreada sin límite alguno, y nuestra desvelada
de media noche ahora ya es un recuerdo grato.
Lo que ha sido un tiempo de gran anticipación, compras,
corridas de aquí para allá, arreglos de último momento,
y mandos de tarjetas navideñas ahora se transforman en
un breve momento de contemplación: El Niño Dios está en
un pobre pesebre.
El Niño Dios nace para nosotros y nace para ser nuestra
salvación esperada (Isaías 62:11-12). Ahí cerca a su
madre María y a su padre José, el Niño espera nuestra
mirada y recibe nuestro júbilo.
Para los que miran atentamente el Niño es la luz que
brinda la justicia y harmonía completa: “¡El Señor
reina, alégrese la tierra, regocíjense las islas
numerosas! Los cielos proclaman su justicia y todos los
pueblos ven su gloria...La luz ya asoma para el justo y
la alegría, para los de recto corazón” (Salmo 97: 1, 6,
11).
Para los que miran con gran gratitud, el Niño es el
mismo don divino que llega a nuestros corazones,
hogares, ciudades y civilizaciones. El don de Dios que
no se ha merecido o ganado con esfuerzo humano, pero que
eleva nuestra propia humanidad. Como nos lo recuerda
Pablo: “Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro
Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo
bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia
de nosotros y nos salvó” (Tito 3: 4-5).
Para los que miran con gran contemplación, el Niño es la
misma invitación al la evangelización propia. Como los
pastores que corren a ver al Niño nacido y salen a
compartir la buena nueva, así cada uno de nosotros
tenemos que hacer lo mismo (Lucas 2:15-20).
Con el Niño en nuestros corazones, nosotros tenemos que
correr a todo el mundo y todo hogar para compartir el
júbilo, la justicia, el amor, y la abundancia que
recibimos en el humilde pesebre. Con nuestros corazones
repletos de la presencia de Dios—hecho hombre—tenemos
que ir a todo lugar a anunciar y celebrar nuestra
humanidad transformada.
Cierto es, El Niño Dios está en un pobre pesebre. Ahí
sencillo, humilde y atento, el Niño también devuelve
nuestra mirada. En su corazón también se encuentra la
esperanza completa; en su pequeñez la grandeza de
nuestra humanidad es posible.
Y como su madre María, mirándonos en este momento de
silencio y reconocimiento mutuo, guardamos todos estos
acontecimientos para así volver a ellos en lo más
profundo de nuestro interior. El don que en este día
recibimos, es para guardar y meditar por el transcurro
de toda nuestra vida. Cierto es, El Niño Dios nos llama
a celebrar nuestra humanidad compartida.