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“Por Jesucristo, nuestro Señor.”
En Calcuta, hasta las familias católicas más pobres buscarán
sus saris y dhotis (tipo de falda asiática) más blancos o la
camisa más nueva y mejor planchada para ir a la misa de
gallo o a la primera misa del día de navidad. Se acercarán
en fila al niño en la cuna que está rodeado de la madre, el
padre, los pastores y los animales mansos.
En Harare, capital de Zimbabue, cantarán la Gloria, el canto
de los ángeles, con ricas harmonías que complementan el
esplendor de los trajes y vestiduras. Los ricos y los
pobres, los negros y los blancos, los jóvenes y los mayores
se acercarán al altar para dar la bienvenida al cuerpo de
Cristo.
En Hong Kong y Santiago, en Melbourne y Leeds, en Galway y
Nuevo Orleáns, en Managua y Praga, hombres, mujeres y niños
se acercarán al mismo Señor para buscar de su misma vida su
sustento.
Observarán la misma realidad de la consagración en palabras
y lenguas tan diversas como todos los paisajes de la Tierra.
Y conmemorarán el mismo nacimiento de un niño en una casucha
concreta que sucedió hace billones de momentos en una aldea
que se llamaba Belén.
La Navidad es una gran fiesta de una particularidad concreta
tanto como es de una importancia universal. La Navidad no se
trata simplemente de una herencia occidental ni de una
celebración étnica. Se trata de la humanidad y de los
cielos. Se trata de nosotros.
En la promesa de Isaías sobre el Mesías, Dios habla a todos
los confines de la Tierra. Sión, el viejo y el nuevo, será
símbolo de un pueblo santo y redimido por Dios. Se llenan
nuestros salmos de afirmaciones prodigiosas. Este rey es la
alegría de la tierra, de todas las islas. Su justicia,
proclamada por los cielos, está para que todas las
generaciones la vean.
San Pablo nos recuerda claramente que Cristo es fundamental
para nosotros y para nuestra salvación. “Cuando apareció la
bondad y el amor de Dios, nuestro Salvador, nos salvó no por
las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su
misericordia.” Se nos fue otorgó el espíritu de Dios por
Jesucristo, quien nos salva y justifica. Todos nosotros
llegamos a ser herederos en la esperanza de la vida eterna.
El hecho de que la Palabra de Dios se encarnó es un mensaje
tanto para el mundo entero como para los judíos y los
cristianos. “Gloria a Dios en las alturas y paz en la
tierra.”
¿Cuál fue el evento que proclamaron los ángeles? ¿Cuál fue
el misterio que Dios les anunció a los pastores? ¿Qué fue lo
que vieron y entendieron? Al ver al niño dormido en el
pesebre, ¿qué se les reveló? ¿Qué les habrá dejado
asombrados? ¿Qué hubo que les pareció digno de apreciar, de
reflexionar, y de alabar?
¿Y qué, efectivamente, inspira al corazón humano esta
Navidad aquí y ahora, tanto si se celebra en Anchorage o en
Ciudad del Cabo? ¿No llega más allá que Europa, más profundo
que los pensamientos de los teólogos? ¿No es mucho más
maravilloso que las extrapolaciones del conocimiento humano?
La Navidad significa que Dios no sólo creó el espacio el
tiempo: Dios entró en ellos, llegó a ser carne y hueso como
nosotros, nuestro igual, nuestro niño.
Hay algo aquí mucho más importante que un mero significado
sectario, más que una fábula cultural que compete con otras
historias sobre nuestro comienzo y fin. La Navidad es un
secreto santo y supremo sobre todos los nacidos para todos
los tiempos.
John Kavanaugh, S. J.
Traducción de Kathleen Bueno, Ph.D.
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