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“Señor y Dador de VIDA”

En la fiesta de pentecostés celebramos al Dios Espíritu Santo y su presencia y acción en nuestras vidas.

El “Señor y Dador de Vida” nos inspira a dejarnos guiar e impulsar por el Espíritu, para que seamos portadores de la Vida que nos derrama.

Nosotros creemos en Jesús, pero a veces nos falta impulso:

Era marzo del 2016, en un juego de pelota entre los Piratas de Pittsburg y los Bravos de Atlanta.

 

Ese Espíritu de Verdad que nos enseña, nos recuerda y nos da testimonio

Uno de los bateadores rompe el bate y el bate sale volando hacia las gradas, iba a ir directo a darle a la cabeza de un niño, quien en el momento no pudo darse cuenta del peligro que le venia porque estaba muy entretenido con su celular. A la derecha del niño, estaba sentado su padre y en ese momento hace algo heroico, tuvo un impulso maravilloso. El extiende su brazo izquierdo instintivamente mientras le tiene bien puesto el ojo al movimiento del bate, sin miedo. No se agacha, no baja su mirada, no se protege a si mismo para proteger a su hijo y lo logra.  Su brazo tuvo que responder tan rápido para impulsarse con tal velocidad y fuerza, quien hace esto algo casi increíble. Se pudo notar la fuerza con la cual extendió su brazo, porque la foto que capto ese momento mostraba todos los músculos de su brazo tensándose.

En contraste tenemos las reacciones de la gente alrededor de este padre. El hijo, no reaccionando, gente tapándose, gente agachándose, gente echándose a un lado, evitando el peligro. ¿Qué hace a este hombre enfrentar este peligro y tener un impulso heroico? La fuerza del “Señor y Dador de Vida”, el Amor que nos inflama el Espíritu Santo.  Gracias a él, confundimos al mundo con lo que somos capaces gracias al impulso de su Amor.

En mayo del 1986, el Papa Juan Pablo II escribió una encíclica sobre el Espíritu Santo. Dominum et Vivificantem, en español se titula: “Señor y Dador de Vida”.

Me gustaría reflexionar con algunas de las hermosuras sobre el Espíritu Santo, que esta encíclica dice.

Una de las verdades que recitamos sobre el Espíritu Santo en el Credo cada domingo.

  “Creo en el Espíritu Santo,
Señor y Dador de Vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe Una Misma Adoración y Gloria
y que habló por los profetas.”

Comenzamos cada Misa proclamando que creemos lo que Pablo nos cita en la 2 Corintios 13, 13 y dice: “Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo este con todos ustedes” a lo que nosotros respondemos “y con tu espíritu”.

El Espíritu Santo, quien nos antecede a todos nosotros, siempre presente y envuelto en la historia de la Salvación, desde el principio, aleteando sobre las aguas en la creación.

Isaías nos promete al Mesías, quien viene por el Espíritu Santo, pero también tiene plenitud de este Espíritu en sí mismo. Jesús es encarnado por medio del Espíritu Santo. Juan el Bautista anuncia que Cristo viene por el Espíritu Santo. Es proclamado Hijo del Altísimo, el querido y amado mediante la fuerza del Espíritu Santo. La actividad entera de Jesús entre nosotros es en la presencia del Espíritu Santo. Siempre allí, en el ministerio, en la pasión y la muerte y es protagonista también de la resurrección.

El Espíritu Santo, gracias a la redención de Nuestro Señor Jesucristo, nos ofrece una nueva vida, ser una nueva creación. Ese nuevo nacimiento del Agua y del Espíritu que Jesús le pide y le promete a Nicodemo. Esa fuente de agua viva que nos vuelve adoradores en Espíritu y Verdad y que Jesús le promete a la Samaritana para la vida eterna.

Jesucristo fue nuestro primer intercesor, consolador, abogado, defensor o paráclito. Jesús fue el primero que nos trajo las buenas nuevas de salvación y el Espíritu Santo es el segundo, quien va a actuar asegurándonos de modo permanente la transmisión e irradiación de la buena nueva revelada por Jesús de Nazaret: “El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará”.  El Espíritu Santo se convierte en la guía suprema del hombre. 

Ese Espíritu de Verdad que nos enseña, nos recuerda y nos da testimonio.

Nos enseñara lo que todavía no estamos preparados para recibir o para entender. El nos ayudara a entender en el momento necesario de nuestras vidas.

Nos recordará aquellos regalos que Dios nos ha dado, aquellas experiencias y enseñanzas que se nos han sido reveladas, pero que por nuestra humanidad y por nuestra fragilidad, se n os olvidan.

Y nos dará testimonio confirmándonos a nosotros la verdad de la salvación. Dar testimonio para el Espíritu Santo es, adentrar las verdades en nuestro ser, de manera que ganemos certeza, convenciones absolutamente y que aceptemos esta verdad en nuestro corazón.

El Espíritu Santo nos impulsa y nos permite sorprender al mundo, mostrando la cara de Cristo. Confundamos a este mundo con nuestra capacidad de Amor, de Entrega, de Unidad. Son precisamente estas cosas con las que damos testimonio.  Nuestra docilidad al Espíritu revela sus dones y los frutos de dichos dones en nuestras vidas. En esos frutos se revela en su vida intima la divinidad de Dios, es un Amor esencial, personal y este Amor es lo que se tienen en común las tres personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dios invisible pero perceptible, quien nos trae la paz, convirtiendo cada una de nuestras tristezas en gozo y cada una de nuestras lágrimas en alegría.

Pidamos a Dios cultivar nuestra capacidad de Amar y con ello pedimos y le abrimos la puerta a la fuerza del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos. Eso es volvemos templos del Espíritu Santo y es así como habita en cada uno de nuestros corazones …y eso es vida. ¡Gloria a “El Señor y Dador de Vida”!

Dios me los Bendiga a todos y Seamos Santos.



Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)]. Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org