En la Iglesia, hay muchos dones, muchos ministerios, muchas obras, muchos miembros. Este es un problema. ¿Quién es el mejor? ¿Quién es importante? ¿Quién sigue el mejor camino? ¿Quién sabe lo que es la verdad?
A algunos de nosotros nos encantaría tener el carisma especial de la oración solitaria. Pero al no tenerlo, podríamos pensar que somos inferiores. Aún más angustiante, podríamos tener envidia de los contemplativos o hasta recurrir a la táctica de pensar que orar no es, a fin de cuentas, tan especial. (Aquellos que huyen del mundo, se esconden en sus alcobas, van a menudo a las capillas: ¿no sería mejor si fueran como nosotros, buscando a Dios en los enredos de la vida diaria, ayudando a los pobres, estando siempre muy ocupados?)
Sin embargo, otros de nosotros desearíamos que tuviéramos el carisma de la comunidad: familia, relaciones, amigos, fiestas, reuniones. Las estrellas de la sociedad brillan. Parecen relacionarse con otros sin esfuerzo. ¿Cómo consiguen ser tan extrovertidas y abiertas? No obstante, vuelve a surgir nuestro sentido de inferioridad que nos conduce a la envidia y, después, al resentimiento. (No son más que entusiastas, extrovertidas con una imagen muy hábil y una actitud poca profunda. Suelen ser las personas que no se preocupan ni por la paz ni la justicia, con tal que se lo estén pasando bien.)
En nuestros mejores momentos, muchos de nosotros admiramos a los activistas sociales cristianos—la gente que tiene hambre y sed y lucha por la justicia. En nuestros peores momentos, sin embargo, deseamos que no nos molesten ni nos recuerden que los evangelios presentan un reto para nuestra manera de vivir. (Esta gente debe comenzar por sí misma en vez de tratar de cambiar el mundo. Al fin y al cabo, no podemos esperar tener el cielo aquí en la tierra. Sólo nos hacen sentir culpables.)
Seguramente los que han dedicado su vida a obras corporales de misericordia ganan el respeto de todos nosotros. ¿Ha habido alguna vez un momento cuando no deseábamos secretamente ser como ellos? Pero este deseo también se amarga; y los ejemplos de “personas que hacen buenas obras” nos sirven más como reprimenda que inspiración. (Sensibleros. ¿Por qué se preocupan por los pobres—y no por todos nosotros? Por lo menos podrían cuidar mejor a sus propias familias. Hasta la Madre Teresa, sólo hizo trabajo que fue una tirita de todos modos. ¿Por qué no cuestionó las injustas estructuras políticas y económicas?)
Estos ejemplos, desde luego, sólo son caricaturas; pero sugieren actitudes que provocan hostilidad y división en la Iglesia. Uno se podría preguntar, por ejemplo, si alguna de las disputas agudas entre liberales y conservadores, la derecha y la izquierda, tradicionalistas y reformistas son más una función de particularismo y resentimiento que expresiones de una fe profunda.
Yo propongo que San Pablo diría que sí. La variedad de dones y obras, tanto si las hace un judío o un griego, un esclavo o una persona libre, sirven el bien común. La diversidad de los miembros los hace un cuerpo. Pero para ser un solo cuerpo, deben tener un solo Espíritu y deben hablar con una voz. “Jesús es el Señor,” es su mensaje fundamental, anunciado por los que beben del mismo Espíritu.
Este es el Espíritu que les llenó a los Discípulos el día de Pentecostés. Fue una confirmación tan fuerte de la fe en Jesús que los creyentes podían hablar de una manera que no sólo fue unida sino que todo el mundo lo entendió. Este es el Espíritu que Jesús, en el Evangelio de San Juan, respira en un momento de paz, encendiendo el discipulado.
Es el Espíritu, como el gran himno “Veni Sancte Spiritus” nos recuerda, que vive en el corazón del pobre tanto como en el del solitario. Despierta la alegría, alivia la tristeza. Impregna tanto la inteligencia profunda como los sentimientos más altos. Transforma tanto las obras como los corazones humanos.
En la carta a los Gálatas leemos que, al contrario de la gratificación sexual, la idolatría, las peleas, los celos, el mal genio, los desacuerdos, las facciones, la envidia, y las orgías, “lo que este Espíritu trae es diferente: amor, alegría, paz, confianza, amabilidad, bondad, dulzura, paciencia, y autocontrol.”
Qué maravilla sería, qué brisa más cargada de vida, qué fuego de ardor si las diferencias en la Iglesia se marcaran por estos dones de Pentecostés. En vez de comunicar según nuestras ideologías particulares, nuestros intereses creados, nuestras obsesiones privadas, comunicaríamos con el mundo (y con los jóvenes) en un lenguaje que todos entendemos. Es el lenguaje del Espíritu Santo, el lenguaje de amor, revelado con paciencia y amabilidad, con generosidad y confianza, y una fe compasiva y duradera.
Qué don sería hablar el lenguaje de tal amor. Qué renovación tanto de la tierra como de nuestra Iglesia. En vez de sentirnos avergonzados por la gracia de otro, estaríamos bendecidos. En vez de achicarnos al hacer comparaciones, nos levantaríamos alabando a Dios.
¿Vale la pena rezar por tal don? El verso del Aleluya para Pentecostés no deja lugar a dudas: “Ven, Santo Espíritu, llena los corazones de los fieles; y enciéndelos con el fuego de tu amor.”
