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El Resucitado en el evangelio según Juan


En el evangelio de hoy, Jesús se impone. Las puertas cerradas no le cortan el paso; él saluda a los discípulos, mostrando sus heridas y los abraza, ofreciéndoles la paz. Invita a la conversación.

Hay grandes diferencias entre el evangelio según Juan y los textos de Marcos, Mateo y Lucas. Las versiones sinópticas de la Buena Nueva enfatizan mucho el reino de Dios; Juan lo menciona sólo una vez (3,3). La historia de la aparición de Jesús que hoy escuchamos ilustra las diferencias. Para Juan, el mensaje de Dios es el mismo Jesús. En este evangelio, Jesús no dice: “ ...el reino de Dios está por llegar”, sino “Yo estoy con ustedes”.

Mateo, Marcos y Lucas narran historias de ciegos, cogos y poseídos reconciliados y sanados como signo de la llegada del reino de Dios. Según Juan, los signos se presentan sólo como  la manifestación de Dios en Jesús: “Yo soy la fuente del agua viva; Yo soy la luz; Yo soy la vida.”

En la versión de Juan, Jesús nos conversa, y hoy, su respiración, llagas,  abrazo, todo lo que hay y pasa se vuelve signo de la presencia de Dios. Los milagros mencionados en los otros evangelios son signos del reino; en Juan, siendo pocos y contados, nos abren la posibilidad de ver o cegarnos, vivir o morir, tomar una decisión a favor de Dios o en contra de lo que Dios es y da. Según Juan, los que ven dejan de ver y los vivos cambian lugar con los muertos. El hombre nacido ciego se sana y llega a aceptar a Jesús por la fe; a la vez, los que siempre veían quedan en tinieblas porque rechazan toda comprensión. Lázaro, un muerto, se revive, pero los que lo ven resucitar abrazan la muerte y arreglan el asesinato de Jesús.

Hoy, la tercera lectura revela que para nosotros no hay otro signo más eficaz de la presencia de Dios que Jesús de Nazaret, el Resucitado. Nos dice que Jesús hizo muchos otros signos, pero que los eventos particulares presentados por Juan fueron escritos para que creyéramos en Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios”, y, por haber creído, que llegáramos a “tener vida en su nombre”.

El texto de Juan revela la vida de Dios en nuestra persona y relaciones más íntimas.
El texto de Juan revela la vida de Dios en nuestra persona y relaciones más íntimas. Por la presencia de Jesús entre nosotros, seremos los comunicadores y partícipes del Espíritu de Dios que crea y libera, tocaremos lo doloroso hasta sanar a todo herido; con Cristo llegaremos a vivir con el mismo Dios quien es, a la vez, vulnerable y poderoso.

 

Pablo nos dice en sus cartas que “nada nos puede separar del amor de Cristo”. La primera carta de Pedro insiste en nuestro nacimiento como herederos de algo divino. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos indica cómo vivir la vida de Dios en una comunidad de fieles, escuchando a los testigos de la Resurrección, compartiendo todo, partiendo pan y llegando a ver la historia y la cultura por los ojos del mismo Dios.

Juan nos da el gusto de conocer a Dios por la misma presencia de Jesucristo en nuestra vida humana. Jesús es la Palabra creadora y liberadora de Dios en nuestra humanidad. Jesús vive entre nosotros, da su vida por nosotros, y al fin, la comparte plenamente con nosotros.

La fe de los discípulos y la abundancia de vida en la comunidad de los fieles son prioridad para la enseñanza de Juan. Juan nunca vio el testimonio de los evangelios sinópticos y no hizo caso a la mucha actividad que sucede en esos textos. Juan escoge unas cuantas historias que investigan y revelan el corazón y sustancia del Evangelio, descubriendo allí a las personas envueltas en los eventos hasta ver en ellas la vida o muerte, luz o tinieblas, esperanza o frustración. En Juan, no es posible sólo mirar; uno es parte del drama presentado. Los eventos nos tocan profundamente. La alienación, la oscuridad y la muerte en el mundo no aplastan la vida de Dios en nosotros; una vez experimentada, la resurrección del Señor y su poder quedan en nosotros y en nuestra comunidad.

Moisés se cayó ante la zarza que ardía y preguntó: “¿Qué es su nombre?”  Y Dios le dio unas referencias, pero no dio nombre: “Yo soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.”  Al insistir en que Dios le diera su nombre, Moisés escuchó sólo una frase indicando que a Dios no hacía falta un nombre porque Dios está siempre presente: “Yo soy quien soy, quien está presente”.

La vida de Jesús con nosotros es semejante a la visión de Moisés. Él es la zarza que arde con el amor de Dios y nos acompaña. Jesús no necesita un vicario; él mora con nosotros, compañero de siempre. Vivimos asombrados de su presencia en este pueblo que ama, busca justicia y pone al Espíritu en esta tierra.

 


Donaldo Headley
Donaldo Headley se ordenó al sacerdocio en 1958. Se graduó con MA en filosofía y STL en teología de la Facultad Pontificia del Seminario de Santa María del Lago en Mundelein, Illinois.
Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
Usado con permiso de Liturgy Training Publications. Este arte puede ser reproducido sólo por las parroquias que compren la colección en libro o en forma de CD-ROM. Para más información puede ir a: http://www.ltp.org