Cuando Isaías declamaba sus poesías sobre el Mesías, el mundo físico como también su geografía política eran misterios. No hubo satélites para revelar el movimiento de persas y kurdos. Nadie sabía que mis antepasados sajones en el siglo sexto se pintaban de un color azul y que bailaban alrededor de unas fogatas. La CNN no reportaba de los toltecas poniendo las bases del arte mesoamericano ni de los imperios extendiéndose de las pirámides en Egipto y Teotihuacán o ideandose detrás de las máscaras de oro en el altiplano peruano.
Isaías no podía imaginar estas cosas, pero sus palabras revelaban su sospecha de otras posibilidades ajenas que a él le cuestionaran y a las cuales él tuviera que retar también. Hablaba de luz y revelación, de gentes que todavía no habían encontrado una esperanza. El dio su mensaje, no sólo para los judíos, sino para todos.
Isaías creía que el liderazgo israelita llegara a su madurez sólo al dar voz a todos los que, en el mundo, no tenían voz. A él le importaron los que vivían marginados y pobres en la oscuridad histórica. El conocía a políticos que habían absorbidos en sus agendas de poder todas las aspiraciones de sus pueblos; también supo que esas agendas no eran de Dios y que desaparecerían con el paso del tiempo y los caprichos de la historia.
Para Isaías, el liderazgo mesiánico no surgiría de la acción individualista, sino de la conciencia creadora y liberadora de un pueblo consciente. Ella iluminaría, no sólo la senda particular de una persona, secta o grupo étnico, sino los caminos de todos los hijos de la Tierra. Se abandonarían las guerras y conquistas para establecer el respeto a toda cultura y origen de pueblo, provocando la oportunidad de ser comunidad y celebrar la vida.
Isaías ofrece a todos la luz de la teología judía diferente que alaba a un Dios que no nos controla por medio de ciclos de fertilidad, sino que nos invita a caminar como sus compañeros por un desierto de experiencias hasta crear un mundo justo y amoroso.
Mateo ha recogido la preocupación de Isaías en sus historias evangélicas. El traslada a los magos extranjeros a Israel como unos de los primeros para reconocer la esperanza mesiánica en un recién nacido. Pone en lista a cuatro mujeres de mala fama como las abuelas de Jesús. El aparta también, como con una cuchilla de cirujano, a los que habían hecho de la esperanza de liberación una cosa exclusiva para judíos.
Nosotros los católicos a menudo vemos la evangelización como algo que la Iglesia debe hacer para los demás que no tienen “la fe”. Mateo intenta cambiar esta actitud por otra más inclusiva.
Jesús comienza su misión enviando a los discípulos a tocar la puerta sólo a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”(cap.10). En la segunda parte de lo que parece ser un tríptico de eventos, una mujer cananea lo confronta con el caso de su hija enferma y Jesús le dice que nadie da a “los perros” la comida de los “hijos” (cap.15). La mujer le responde que ”hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa”. Jesús entonces alaba su fe como mayor que la de todo Israel. Se arma la última pieza en el argumento cuando el Señor resucitado manda a los apóstoles a dar la Buena Nueva a todas las naciones e incluir a todos en la nueva esperanza regalada por Dios.
Mateo sabe bien las distinciones políticas y los conflictos culturales de su época. Había, por lo menos, cuatro divisiones bien amargas en su comunidad. Era necesario cambiar las actitudes de la religiosidad cerrada en una fe abierta. De veras, no existe hoy ningún escándalo peor que el de las guerras religiosas llevadas entre los pueblos, sean de Bosnia, el Sudán o la India.
Cuando Jesús salió del río Jordán para proclamar el Reino de Dios, también comenzó un movimiento que no podía pertenecer sólo a un grupo, tiempo o lugar. Como los judíos son pueblo de Dios, también deben serlo sus vecinos palestinos. Ser de una raza u otra es un suceso genético, no una proclamación política ni un motivo de opresión. Las culturas representan la manera en que los pueblos particulares responden a las exigencias del ambiente y de la sociedad. Nuestro grupo humano no es exclusivo por su necesidad de sobrevivir, trabajar y celebrar la vida, sino por la manera en que lo hace históricamente.
La Buena Nueva de la resurrección, la que nos dice que todo es posible para nosotros, pertenece a todos los pueblos de la Tierra. Existen pueblos que conocen a Dios sin haber pasado por la historia judía o cristiana. Esto no quita el valor de su fe, sino lo aumenta en nosotros como también en ellos para que celebremos siempre con Isaías el liderazgo e integridad del único espíritu humano.
