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La Espiritualidad de las Lecturas
2º Domingo de Tiempo Ordinario
15 de Enero de 2017
John Foley, SJ

Entre todas las técnicas de oración recomendadas por San Ignacio de Loyola para usarse en un retiro espiritual, hay una que se llama “la repetición.”  Si una sesión de oración iba especialmente bien, o a veces si iba mal, Ignacio instruía al participante que repitiera el mismo tema para su siguiente sesión.

  “Ay, no, otra vez no,” me quejaba yo cuando me tocaba hacerlo.  Esa técnica era la que más me disgustaba cuando empecé a hacer los Ejercicios Espirituales.  Solo más tarde comencé a darme cuenta de lo que significaba la repetición.

Voy a intentar explicarte un poco de lo que entendí.  No se trataba de experimentar de nuevo los mismos sentimientos que había sentido la primera vez.  Tampoco me pedían que procurara encontrar a Dios de la misma manera.  No era cuestión de enfocar mejor mis pensamientos para lograr a través de la lógica lo que quería hacer.

La repetición significaba que yo debía volver al mismo sitio frondoso del bosque, el lugar donde Dios y yo nos habíamos visitado antes.  Vuelvo allí para ver si ése es el sitio en el que nos encontraremos de nuevo.  Y aunque no lo sea, aún podría recordar lo que pasó la otra vez, así como María “conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón.” (san Lucas 2:19), y este recuerdo podría abrirle a Dios un camino para encontrarme.

Jesús se dejó sacrificar por sugente.
Digo todo esto porque este domingo La Iglesia nos presenta lo que es, de hecho, una repetición del Bautismo del Señor que celebramos la semana pasada.  ¿Acaso ha habido algún error en el orden de las lecturas?

¿O es que esta repetición tiene un propósito?  Vamos a emplear una de las técnicas de San Ignacio para determinarlo.

Primero, ¿qué notas tú en el Evangelio?  Si quieres volver a leerlo y formular tus propias ideas, haz una pausa aquí.  Personalmente, me llaman la atención las palabras pronunciadas por San Juan Bautista mientras Jesús se le acerca:  “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Oímos esta frase en cada Misa (“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”) pero a lo mejor ninguno de nosotros le ha hecho suficiente caso.  Sin embargo, es una idea misteriosa, especialmente cuando la escuchamos con atención.  La verdad es que es una idea muy profunda.*

En el templo judío, los corderos se sacrificaban.  Tal vez los judíos pensaban que así la inocencia de los corderos podía subir a los cielos—tendiendo un puente entre Dios y el pueblo.

Jesús se dejó sacificar por su gente.  El ya estaba unido con Dios (eso lo sabemos), pero también era miembro de un pueblo pecaminoso—aunque el no tenía pecado.  Así Jesús llevó hasta el seno de Dios los pecados de la gente.  En la medida en que el pueblo lo permitía, sus pecados fueron perdonados.

¿Tú puedes visualizar un sencillo cordero pastando en el campo?  Pasa tiempo con esa imagen.  Entonces date cuenta de que Jesús está dispuesto a amarnos con esa misma sencillez, hasta la muerte, para ser él nuestro puente.

Y esa es una repetición.  Se trata de encontrar a Dios en el mismo sitio pero de una manera distinta.

Si quieres hacer más, piensa en esto, un estudioso que se llamaba Joachim Jeremías sostenía que la palabra original para “cordero” en arameo (el idioma de Jesús) era “talyã,” que significaba no sólo “cordero” sino también “siervo.”  ¡Tal vez el Bautista tenía en mente los dos significados!

John Foley, SJ

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 * Antes de la comunión, cuando recitamos “El cordero de Dios” en lugar de cantarlo, típicamente sale “CorderoeDios-quequitaselpecadoelmundo-tenpiedadenosotros.” Como si fuera una sola palabra.  Una vez que te hayas fijado bien en el significado de estas palabras, querrás que se reciten más lentamente.


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Arte de Martin Erspamer, OSB
de Religious Clip Art for the Liturgical Year (A, B, and C)
["Clip Art" religioso para el año litúrgico (A, B y C)].
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