Albert Camus escribió, creo yo, la explicación más incisiva de cómo sería nuestra naturaleza caída sin el Cordero de Dios que anunció San Juan bautista.
La caída es una novela-monólogo narrada por un tal Jean-Baptiste Clamence en un bar de Amsterdam al reflexionar sobre una civilización de personas que parecen siluetas vacías y que sólo se interesan por la diversión y la fornicación.
Clamence es un San Juan bautista de ficción que “clama” en una tierra salvaje expoliada de amor y esperanza. “A fin de cuentas, es precisamente lo que soy…un profeta vacío para un tiempo malvado, un Elías sin Mesías.” A diferencia de San Juan bautista que vio al Espíritu Santo bajar como una paloma y posarse sobre Jesús, Clamence observa unas palomas que parecen no encontrar ni lugar donde posarse ni una cara para bendecir como amada.
El título del libro se refiere a la “caída del hombre,” ese momento de ceder a la mentira, esa victoria del gran embustero, la serpiente de la seducción. Pero como no encuentra salvador, la seducción reina sobre el mundo, las mentiras controlan nuestras mentes. “La verdad,” dice Clamence, “es un aburrimiento descomunal.”
No hay Dios, ni verdad, ni siquiera existe la verdad de una persona fuera del ego de Clamence que pueda ganar su respeto o su amor. Como no tiene salvador para anunciar, Clamence sólo puede anunciarse a sí mismo. Todo se utiliza al servicio de su narcisismo. Sólo hay dos clases de personas con quienes se relaciona: los muertos y los esclavos. Dedica toda su vida a negar la responsabilidad por todo tipo de carga; tampoco se deja juzgar por ninguna moral. “Lo esencial es poder permitirse todo.”
Camus nos indica que este egocentrismo radical es la esencia del pecado. Y si no hay cura ni liberación de esta enfermedad moral para nosotros los seres humanos, estamos condenados a un odio interminable parecido al de Satanás. “¡Qué embriagador es sentirse como Dios Padre…me quedo entronado entre los ángeles caídos…entiendo sin perdonar, y más que nada, ¡por fin me siento adorado!”
En su propia vida, Albert Camus aparentemente no llegó a creer totalmente en el amado que anunció San Juan bautista. Pero sabía que tal salvador, al quitar el pecado del mundo y la caída de los seres humanos, tendría que ser alguien totalmente dedicado a la verdad y completamente entregado al amor.
Tal salvador no dominaría a los hombres y mujeres, sino que los liberaría. Tal salvador , no desearía tener esclavos, sino servir. En vez de matar por la verdad, moriría por la verdad. En vez de alimentarse de otros, llegaría a ser su alimento y su bebida.
El verdadero San Juan bautista, a diferencia del Jean-Baptiste Clamence de Camus, nunca se presentó como un dios falso. No predicó sobre la auto-justificación, sino sobre la contrición y la reforma. No buscaba aumentarse sino disminuirse. Y un día, mientras Jesús se le acercaba, vio la paloma-espíritu descender sobre el Elegido de Dios.
Dos mil años más tarde, Los seguidores de Cristo siguen diciendo las palabras de San Juan bautista: “Este es el Cordero de Dios, el que ha venido a quitar los pecados del mundo.”
Y celebran un banquete con el pan de vida.
