Hoy escuchamos unos comentarios de Jesús sobre varios aspectos de la Ley de Moisés. La Ley exige un amor ofrecido al prójimo. Y todo judío fiel entendía ese mandato, no sólo como exigencia para el conciudadano, sino para el extranjero que trabajaba a su lado.
Sin embargo, Jesús extendía el espíritu de esta ley más allá de lo común y corriente para darlo también al enemigo. Nosotros sabemos que siempre hay en nuestro mundo personas que promueven el mal. Estos son los que hacer funcionar las estructuras del sexismo, racismo y el privilegio económico. Hay personas que ponen toda clase de obstáculo a las relaciones entre personas y también a la relación entre uno mismo y el Dios quien es el amor absoluto e incondicional.
Sabemos que la Buena Nueva de Jesús se fundamenta en lo que Pablo expresa a los Gálatas “Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien griego, entre quien es esclavo y quien hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer” (3, 26-28).
Es por esto que no podemos jamás evitar las confrontaciones en contra de las maldades que disminuyen a la mujer relacionada al hombre, o cualquier grupo étnico al lado de otro, o el pobre comparado con la gente de la banca. Nuestra fe cristiana nos dice que todos somos hermanos por fuerza de la humanidad nuestra y que todos somos familia de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne. No hay jamás entre nosotros motivo para discriminar en contra de otra persona humana.
El fundamento de esta fe en la humanidad se encuentra, no tanto en las experiencias liberadoras de Moisés y Josué, sino en las promesas hechas por Dios a Abraham: “Su familia será señal de famita para todos los pueblos de la tierra”. Evidentemente, Dios quiere que todos nos relacionemos como familia en la gran realidad humana.
En otras palabras, el cristiano, por necesidad, primero tendrá que actuar en contra del sexismo, racismo y el privilegio económico. Estas tres realidades tan negativas hacen imposible la relación completa y sana entre los seres humanos. Con ellas presentes en cualquier cultura, las personas no se van a poder conocer, respetar y relacionarse. Son obstáculos completos de la fe que nos fundamenta como seres humanos viviendo en la solidaridad del Espíritu de Dios.
Hay múltiples ejemplos en nuestro pasado humano de estas confrontaciones con amor. Veremos unas de ellas que todavía hoy siguen efectuando cambios positivos en la solidaridad espiritual del mundo.
Un ejemplo primordial se encuentra en las actividades de Mahatma Gandhi que confrontaban el Imperio Inglés y logró al fin la liberación e independencia de la India Oriental. Una gran parte de su inspiración había salido de lo que él sabía de Jesús, pero muy pocos cristianos lo acompañaban en su lucha; actualmente peleaban ellos en contra de sus búsquedas.
Otro ejemplo de confrontación hecha con amor se encuentra en la quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich, compuesta en contra de las actitudes opresivas de Joseph Stalin y el Imperio Ruso. Su primer movimiento es de una dulzura única, insistente y perseverante que vence poco a poco la otra música violenta que intenta eliminar su voz tranquila de amor.
Con una delicadeza y un amor completos los dramas, poesías y ensayos de Juana Inés de la Cruz confrontaban al machismo, no sólo de las jerarquías eclesiásticas sino de las facultades de filosofía, retórica y letras de la universidad.
Martín Luther King nos presentaba la posibilidad de una realidad distinta invitándonos a relacionarnos, no según nuestra raza particular o el color de la piel, sino por las actitudes del Espíritu encontradas in cada persona, familia y comunidad.
César Chávez nos hizo caminar por los valles de California hasta la ciudad de Sacramento para abrir las posibilidades económicas y la, sindicalización de los filipinos y latinos que sudaban y trabajaban los campos de nuestras siembras y cosechas.
Al fin, ¿confrontamos estos males nosotros? Y si lo hacemos, ¿cómo lo hacemos?
¿Con o sin el amor?
