El Sermón de la montaña es tan desconcertante, o tenemos que ignorarlo o tenemos que fingir que nunca lo hemos oído. Si nos fallan estas tácticas, lo invertimos. La primera vez que me encontré con tal estrategia fue después de una charla que di sobre “La pena de muerte y el desarme a la luz del Evangelio.” Aparentemente, no logré cumplir con mucho éxito la tarea que me asignaron. Desde el fondo de la sala se oyó una voz discordante y valiente. “¿Cómo puede estar usted en contra de la guerra y la pena de muerte? Hasta el mismo Cristo dijo, ‘ojo por ojo y diente por diente.’”
¿Qué se puede hacer? ¿Para qué decir que la siguiente frase de Jesús en el evangelio de San Mateo continúa así: “Pero yo les digo: No pongan resistencia al daño. Si alguno le abofetea en la mejilla derecha, ofrézcale también la otra”?
Hemos tenido estas palabras desde los comienzos de nuestra Iglesia, y por lo general todavía nos comportamos como si Jesús dijera: “ojo por ojo.” Aun si reconocemos que efectivamente Jesús nos dijo solemnemente que ofreciéramos la otra mejilla, en los momentos más sinceros admitimos que nos parece ser intolerable.
A veces me da la sensación que todo mi ser retrocede de las palabras de Jesús. Deseo todavía más que ojo por ojo. Y ¿quién tiene el derecho de pedirme una camisa, muchísimo menos un abrigo? De mala gana dedico un minuto de servicio a los demás, ni hablar de andar una milla para hacerlo. ¿Andar dos millas? ¿Amar a los enemigos? Bastante me cuesta amar a los familiares.
Cuando veo mi propia resistencia a los evangelios, ¿cómo me puede sorprender que nuestra Iglesia parezca ignorar lo que Jesús dijo? ¿Cómo es que me molesta que una nación piense que lo que dijo es pura idiotez? Intente perdonar a ese vecino asqueroso que vive en su misma calle, muchísimo menos perdonarle a Saddam Hussein.
Nuestra resistencia al Evangelio es sólida. Si yo no me considero responsable entonces no puedo mantener que la nación o la Iglesia sean responsables. Excusar a mi nación o a mi Iglesia de la verdad es igual que excusarme a mí mismo.
En El antiguo testamento sin espejismo, el experto bíblico John L. McKenziemenciona que los cristianos se han sentido obligados a crear y honrar una ética política donde Cristo es inútil. Pero tal maniobra invita la tragedia, porque la política siempre es de alguna manera personal, y lo personal, político. Cuando tomamos decisiones como nación o como Iglesia como si la Encarnación no hubiera sucedido y como si Jesús no hubiera muerto, a la corta o a la larga haremos lo mismo al decidir nuestros asuntos personales.
El camino de Jesús contrasta tanto con nuestras guerras personales como con las públicas. Como McKenzie lo describe, “Uno no puede ser cristiano en privado y secularista en cada caso donde la vida personal impacta en lo público; o, para recurrir a otra frase, nadie puede servir a Dios y a las riquezas.” A continuación, McKenzie añade que los cristianos que piensan que pueden servir a Dios y a las riquezas apoyan las guerras justas. Se puede decir lo mismo sobre la pena de muerte.
No es nada fácil. Los demonios del mundo y de nuestro corazón nos tientan a pensar que la manera en que Dios obra no sirve para nuestra era. Hasta los mandamientos que el Señor dio a Moisés parecen ser tan imprácticos. “Habla a toda la asamblea de los hijos de Israel y diles: sean santos, porque santo soy yo, Yavé, su Dios.” No debían odiar ni al hermano ni a la hermana, no debían vengarse, ni guardar rencor contra ningún prójimo, debían amar al prójimo como a ellos mismos. Así que los israelitas, como todas las naciones, como todos los pueblos, medían la astucia del mundo, de la autodefensa, de la represalia, en una balanza con la sabiduría de Dios.
Para mí, lo que me hizo hablar con menos confianza sobre la pena de muerte y el perdón de los enemigos fue el asesinato horrible de una joven, la hija de un amigo mío. Él era un colega mío en la universidad y también era diácono en una parroquia del vecindario. Evité encontrarme con él, especialmente después de que detuvieron a los asesinos y los sometieron a juicio. Bien sabía yo que él conocía mis argumentos simplistas en contra de la pena de muerte, y casi me avergonzaba que me mirara.
Finalmente nos encontramos de repente un día en el mismo ascensor; no tenía escape. Murmuré algo de lo difícil que debería ser pasar por el juicio, reviviendo de nuevo su gran pérdida. “Sí,” me dijo, “pero lo más difícil es tratar de convencer al abogado del fiscal que queremos cadena perpetua sin la posibilidad de libertad condicional y no la pena de muerte. No entiende que seguimos a Cristo en todo esto.”
Aquí estaba alguien, herido profundamente por un agresor injusto, que verdaderamente creía en las palabras de Jesús y quería practicarlas. Creía verdaderamente en un Dios que daba sol y lluvia a los injustos tanto como a los justos. Verdaderamente aspiraba amar de una manera hecha perfecta en el Crucificado que pide perdón por los enemigos. Había entrado en el misterio de que habló San Pablo. Sabía que todas las cosas eran suyas, y que era de Cristo, y que Cristo era de Dios.

